El carácter sagrado de la familia garantiza la convivencia que con frecuencia requiere sacrificios tanto en el ejercicio de la autoridad como en la práctica de la obediencia. Es precisamente esta actitud sacrificial, que siempre es síntoma de generosidad, la que recupera el carácter sagrado de lo que constituye el eje fundamental de la familia: el amor.
Cuando se olvida este carácter sagrado y la familia es sin más una forma social de convivir, pronto surgen las discrepancias pues el amor pierde su carácter sagrado (pura generosidad) y se convierte en la búsqueda y disfrute del bien ajeno. Falta la orientación acertada que ayuda a descubrir el equilibrio y la paz en el ejercicio del amor. La desazón e inseguridad no son buenos compañeros de una convivencia que ha de basarse en un proyecto común y que requiere la unión de dos personas hasta lo que llama el apóstol Pablo la unidad consumada.
La fidelidad a este proyecto requiere el sacrificio personal y se incrementa en la medida en que se vive el amor como una entrega fecunda y no como un sorbo que se consume. Vivido así sacramentalmente el amor no se consume, sino que se consuma a la vez que va incrementándose y se acerca a su plenitud.Vivir el amor como un ejercicio de entrega generosa reviste a los esposos de ternura, bondad, dulzura, humildad y comprensión. De esta forma el amor no pasa nunca y fomenta la fidelidad.
Es este un ejercicio que recomienda la Palabra de Dios para poder sobrellevarse mutuamente y dignificar una convivencia en la que la paz de Cristo debe actuar como árbitro ante posibles conflictos. La autoridad de los padres sobre los hijos tiene que ser consecuencia de ese ejercicio de amor que busca con total dedicación el crecimiento y desarrollo de los hijos y no la afirmación de un poder que somete a los demás. Los padres no pueden limitarse a un acto puntual de ser autores de la vida del hijo, sino que están llamados a serlo durante toda su vida; en esto consiste la verdadera autoridad.
La obediencia de los hijos se basa en el reconocimiento de esta autoridad, por lo que el crecimiento y desarrollo de los pequeños lejos de hacerles desobedientes debería incrementar el agradecimiento de los hijos a los padres, quienes observan con gozo la autonomía que los jóvenes van adquiriendo. Conjugar este crecimiento con el sentido de la responsabilidad es tarea que los padres tienen que facilitar sin miedo a perder la autoridad sobre aquellos que ellos mismos criaron. Pero no son los hijos ‘malos criados’ de los padres, sino colaboradores agradecidos de cuanto sus progenitores hicieron por ellos. Este es el modelo de familia que nos brinda Jesús, María y José; un respeto mutuo al grado máximo frente a decisiones y actitudes no siempre previstas ni deseadas, que algunas veces generan interrogantes serios en el interior del corazón. Y es ahí en donde reside el amor sagrado que deja de serlo cuando el corazón pierde la nitidez de su libertad.