Sábado, 30 de diciembre de 2006
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GASTRONOMÍA
Angulas, ¿más fama que sabor?
El elevado precio en fechas navideñas y la necesidad de combinarlas para potenciar el sabor ponen en entredicho las famosas angulas
El elevado precio en fechas navideñas y la necesidad de combinarlas para potenciar el sabor ponen en entredicho las famosas angulas
Con toda sinceridad, los afortunados que hayan podido incorporar a sus menús los alevines de las anguilas –más conocidos como angulas– no habrán sufrido ese mal llamado anisaki, al que la Ministra de Sanidad, Elena Salgado, ha decidido poner coto, congelando todo pescado que sea capturado y ofrecido en los restaurantes. No habrán padecido, pues, la gastroenteritis que se le atribuye a este diminuto gusano que vive en las vísceras del pez. No obstante, sí que habrán visto como su bolsillo se agujereaba de manera irreversible, dejando mermada la economía familiar y enfrentándose a la tan temida cuesta de enero con el mismo interés que se enfrenta un ciclista desfondado a la primeras rampas del Tourmalet.

Este año, al igual que los precedentes, las angulas han marcado máximos históricos. Han sobrepasado el techo psicológico de los 600 euros el kilo –100.000 de las antiguas pesetas– en vísperas de la Nochebuena. Ahora, con la llegada del nuevo año, comienzan a descender nimiamente sin que el consumidor a penas note esta rebaja. En cierta medida, si cotizara en bolsa su valor, siempre estaría en alza.

Pero todo lo que su precio siempre roza lo exagerado y desmedido, su sabor apenas logra seducir. Por él mismo es insípido y a penas transmite una mínima enjundia que acredite tan merecida fama. Si lo comparáramos con otros productos de su misma fama y reputación –como el caviar, el jamón ibérico o el mismo foie– éstos sobrepasan en sensaciones y, por supuesto, en calidad a la inmerecida fama de las angulas.

Desconozco por qué los gourmets más avezados y los gastrónomos más curtidos encuentran en este alimento un objeto de culto y un motivo de peregrinaje. Y lo digo con toda sinceridad. Parto de la base de que, para salvar su insipidez y falta de sabor, los ingredientes que hay que añadir en su elaboración son los que trasmiten en su totalidad el gusto. Lo que hace deleitoso este plato es el resultado de elaborarlo con aceite, ajo y guindillas. Hace algún tiempo, para poderlas hacerlas más asequibles al bolsillo, se hace acompañarlas de huevos fritos. Aún así, lo único que realmente alegra el paladar son los componentes citados con anterioridad.

Suelen provenir de las desembocaduras de los ríos o de los lagos naturales cómo l’Albufera. Las más famosas provienen del Miño, aunque en El Perelló hay varios locales que las ofrecen de distintas maneras.

Para acompañarlas los vinos Alvariño o Ribeiro gallegos son unos magníficos acompañantes de este –para mí– pseudomanjar.

gastronomia@lasprovincias.es

 
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