El día de la lotería es un día curioso pues todos esperamos de él lo imprevisto y, al final, acaba siendo previsible y rutinario, es decir, nos conformamos con los rituales conocidos que lo componen: cava echado a perder sobre la testa de un memo que celebra haberse convertido de pronto en albañil dedicado a “tapar agujeros”; grititos histéricos de la vecina del quinto que, por salir en la tele, es capaz de celebrar que la bruja del octavo ha ganado y ella no, y niños emocionados por haberse transformado en las “bratz” de los escolares españoles sin haber tenido que deletrear “knowledge” en inglés sin respirar.
Empezará la mañana con una conexión absurda desde el salón de sorteos donde conoceremos a gentes ilusas o exhibicionistas y algún pirado que, vestido de María Antonieta en versión destroyer, buscará su minuto de gloria en You Tube. Es la ventaja de internet. Si fuera TV convencional no pasaría de dos o tres segundos.
Después lo normal es que salga algún premio menor para no romper el suspense hasta que se termine de levantar todo el país. Ahora bien, en mi humilde opinión, este año el gordo saldrá pronto no porque el azar lo quiera sino porque estará pactado para entretener a la prensa y que no moleste demasiado en la Moncloa. Divide y vencerás, dice la sabiduría latina de las Galias. Eso mismo habrá pensado Moraleda compinchado con las bolas de la suerte que están “educadas para la ciudadanía”.
Por la misma razón, el premio estará repartidísimo pues, así, toda la profesión andará de acá para allá entrevistando a loteros, banqueros y gentes que dicen haber ganado y a los que nadie pide pruebas. Estos llenan los informativos como los jugadores de fútbol: para no decir nada de interés y repetir lo que ya sabemos, esto es, que “el fútbol es así” lo que en versión “loterías y apuestas del Estado” es “voy a tapar agujeros”. Un verdadero homenaje al albañil español.