El otro día fue, in extremis, a comprar cuatro cosas al supermercado de debajo de su casa. Uno de esos hípers, con los precios muy chiquitos, en los que una puede encontrar lo mismo un cactus que una barra de pan.
Después de ofrecerse gentilmente a acarrear hasta la caja una pesadísima estantería a una frágil señora –ahora que lo piensa detenidamente espera que por su bien llevara efectivamente conglomerado y no un muerto- pasó por caja con su adquisición. No sin antes hacerse la remolona para no coincidir en la cola y tener que dejarse los riñones porteando aquel muerto hasta el vehículo de la señora. ¿Acaso no podía ir con un hombre como el resto de los mortales?
Pues bien, de nada valieron sus denodados esfuerzos. Coincidieron en la cola de la caja de aquel híper destartalado en el que las pobres chicas hacen de reponedoras, cajeras y lo que haga falta por un sueldo, intuye, más que chiquito, escaso.
Tan sólo había tres personas en la fila de la única caja. Pero el caballero se empeñó en insultar y sacarle los colores a una jovencísima cajera que, por falta de recursos o exceso de inteligencia y cansancio, quién sabe, se dedicó a mirar con furia el suelo. “La vida es dura, señorita”, le espetaba con socarronería aquel soberano imbécil.
Cuando le tocó su turno, le preguntó cómo se encontraba. Y le contó que el fulano de marras le había hecho cobrar, devolver y volver a marcar la compra porque primero había decidido pagar con tarjeta y, después, en efectivo. Aún hoy desconoce el motivo. La tarjeta no llegó a pasarla. Miró con tal estupor a aquel ser mediocre y gris de mediana edad que no supo qué decir. Le revientan ese tipo de personas que necesitan humillar al resto para sentirse bien. Son así de tristes. Cuando ella es incapaz de pedir que le pasen más un filete en un restaurante fino.
Quizá fuera la misma prudencia la que le impidió despegar los labios. Se limitó a dedicarle una larga mirada a aquel indeseable que, en aquel momento, estaba pavoneándose de su hazaña ante la atónita carnicera.
En la puerta se encontró con la señora peleándose con la estantería. La miraba desamparada. Ella le leyó la mente. “Claro, señora, yo tampoco se lo hubiera pedido ni muerta a aquel imbécil. Vamos, ande, que ya la ayudo yo”.