Cuando hace poco sorprendieron a Mel Gibson arrastrando un curda de máxima intensidad que le imprimía unos ojos como de Pato Lucas histérico y una mandíbula desencajada como la de Godzilla antes de zamparse a unos cuantos niños, varios ilustres progres se lanzaron contra su yugular para lapidarlo por borracho, con lo cual se demostraba otra vez la escasa caridad del elemento progre hacia las debilidades del hombre.
Un tipo que se les gasta de recalcitrante derechista e ultracatólico irreductible, y que además peca en ocasiones de una incontinencia verbal que linda en lo grotesco, resulta presa fácil cuando se le sorprende cocido y aletargado bajo el efecto del licor. Sin embargo, debido a este traspiés etílico que rebaja su condición de estrella rutilante, cada vez me cae mejor Mel Gibson porque lejos de mostrar un alma plana y sin fisuras ahora percibimos una personalidad más compleja y con la sombra del tormento persiguiéndole. Censurar a un creador por una o varias borracheras, ya sea rojo, facha, apolítico, judío, católico, evangelista, musulmán, adventista, mormón o testigo de Jehová, equivale a cargarnos a buena parte de los artistas que lograron despertar nuestra sensibilidad hasta conmovernos en lo más hondo, desde Huston y Ford hasta Baudelaire, Rimbaud o Verlaine. Nos haría falta todo el papel del periódico de hoy para elaborar la lista de talentosos autores que coquetearon, por desgracia pero sin remedio, con los paraísos artificiales. Corresponde juzgarles, pues, por su obra, no por sus lamentables disparates en la orbita de su intimidad. No me gusta que se destrocen el hígado y las neuronas, allá ellos, pero no seamos intransigentes, conservemos en nuestra memoria su formidable legado. Y, en este sentido, lo último de Mel Gibson, Apocalpito, en principio destila una fuerza inaudita. Esperemos su peli para ponerle a caldo si así lo merece, pero no ejerzamos de inquisidores rancios.