Descubrimos ahora que Francia se siente muy insegura a tenor del resultado de una reciente encuesta. No se trata de una inseguridad nacional por las fronteras del país. Es una desazón individual y reveladora.
U
no de cada dos franceses se siente amenazado por la pobreza y la exclusión, que no dejan de aumentar en el país vecino. La mitad de los ciudadanos piensa que un día podría verse convertido en un vagabundo, según un sondeo que se publica hoy en el diario comunista
L’Humanité
y la revista católica
La Vie
.
E
l 48% de las personas entrevistadas teme convertirse un día en una persona sin hogar. Las razones que podrían motivar este dramático cambio son las deudas, un despido, la enfermedad o una contrariedad afectiva que lleve al desequilibrio emocional. Un 54% de los entrevistados cree que el drama de la exclusión no se resolverá nunca.
C
onclusiones sorprendentes (tal vez no tanto), surgidas en uno de los países más prósperos de la opulenta Europa. Temores en el horizonte. Ya saben lo que dice el refranero español:
Cuando las barbas de tu vecino veas mojar, pon las tuyas a remojar
.
L
a publicista y fotógrafa española Alexandra Puertas Seegers, afincada en Nueva York desde 1996, ha recogido en el libro
Scattered Joy
sus recientes viajes a Asia. En el volumen se describe “la vida difícil, pero digna y bella, de la mujer tribal”, afirma Alexandra Puertas.
E
l libro muestra imágenes sobre la vida cotidiana de las mujeres en aldeas remotas de Camboya, India, Birmania, Nepal, Tailandia, Vietnam y el Tíbet. Puertas vivió en esos lugares y fotografió a las mujeres, con las que compartió techo, ropa y comida, y sus tradiciones y señas de identidad que tratan de mantener vivas, pese a la pobreza y los conflictos que sufren.
E
stas son las noticias que me desconciertan. Un libro similar sobre las mujeres de las aldeas del Bierzo, de la Alcarria o de la profunda Galicia ofrecería a buen seguro una mirada crítica sobre las condiciones de vida de las mujeres rurales, explotadas por el peso de las tradiciones y por el padre, el marido y los hijos. Y habría justicia y verdad en esa denuncia.
P
ero, milagros de la modernidad: esa misma y milenaria explotación se convierte, ante los ojos de una viajera ilustrada del Occidente duro y daltónico, en una vida “digna y bella” cuando se trata de aldeas asiáticas.