Este año se cumple el cincuentenario de la concesión del Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez. Distintas editoriales se han sumado a la celebración con libros conmemorativos. La Residencia de Estudiantes de Madrid, donde Juan Ramón fue “poeta residente” y director de publicaciones, no sólo ha lanzado varios volúmenes en colaboración con entidades estatales y provinciales, sino que presenta en su sede una exposición dedicada al poeta. Esta importante muestra ha quedado recogida en un libro catálogo, titulado
JRJ (Premio Nobel 1956
).
Antes de comentarlo, recopilemos los títulos aparecidos a propósito de esta celebración:
Platero y yo
, de Alianza Editorial, versión completa publicada en su día por la Residencia de Estudiantes. Otro “Platero y yo”, de Austral, que recoge las primeras ilustraciones incorporadas al libro por Fernando Marco. Tres ejemplares titulados
Diario,
de Alianza Literaria, el último de ellos inédito, donde se plasma la vida íntima de Zenobia Camprubí, esposa de Juan Ramón. Están a cargo de la catedrática Graciela Palau de Nemes, gran amiga de la pareja, y propulsora de la adjudicación del Nobel desde la Universidad de Maryland. Su infatigable labor juanramoniana ha sido reconocida estos días con la
Medalla Alfonso X El Sabio
, impuesta por la Ministra de Cultura.
Esta misma estudiosa, en colaboración con la catedrática valenciana Emilia Cortés Ibáñez, presenta un nuevo epistolario titulado
Zenobia
, cuya primera entrega reúne las cartas dirigidas al amigo y secretario Juan Guerrero Ruiz. Está editado por la misma Residencia de Estudiantes, que también publica Juan Ramón Jiménez, primer volumen del epistolario del poeta.
El libro catálogo que acompaña a la citada exposición contiene la documentación más ambiciosa sobre Juan Ramón hasta el momento, sólo comparable al monográfico que la revista
Poesía
le dedicó, en 1981, con motivo de los cien años de su nacimiento. La introducción recoge textos sobre JRJ que van desde Rubén Darío, el alicantino Azorín, Antonio y Manuel Machado, García Lorca, Alberti, Cernuda, el oriolano Miguel Hernández, hasta llegar a Borges, Aleixandre y Ángel Valente, entre otros. Resulta muy peculiar el de Ramón Gómez de la Serna, ya que retrata alguna de las múltiples obsesiones de JRJ. En este sentido, la catedrática Graciela Palau ha apuntado un posible trastorno depresivo, ya estudiado y ampliado en la
Biografía interior de Juan Ramón Jiménez
por el psiquiatra Enrique González Duro.
Un hombre libre
Sería imposible relatar la cantidad de temas abordados, por lo que sólo reseñamos los capítulos más aclaratorios e inéditos.
Infancia y juventud
recoge sus primeros años. Juan Ramón fue un niño complejo, mal estudiante en el colegio de los jesuitas. Su vocación de pintor hizo abortar los estudios de Derecho, para finalmente entregarse a la poesía. Primero al Modernismo, desde el que evolucionó hasta su inclasificable Obra. Es muy indicadora la vinculación intelectual con Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, e importador del pensamiento “krausista”, regido por un espíritu racionalista, científico, laico, con el que buscaba la regeneración de España. Juan Ramón adaptó esta filosofía a su carácter, construyéndose como un hombre libre, universal desde la individualidad. Trabajó pronto en la Residencia de Estudiantes, en la que además de dirigir sus publicaciones, fue partícipe de su ampliación y nueva ubicación, donde diseñó personalmente los jardines, bautizados por él como
La colina de los chopos
.
Guerra y Exilio
aclara la posición política del poeta, de la se ha hablado con tanta imprecisión. Preservó sobre todo su independencia y eclecticismo. Sin embargo, su acercamiento a la República resulta obvio a la luz de los múltiples manifiestos que firmó, mostrándole su apoyo y la repudia al fascismo español y europeo. Esto le acarreó un traumático exilio: Estados Unidos, Puerto Rico, Cuba, desde donde se implicó en la ayuda a huérfanos y víctimas de la guerra civil. Nunca aceptó ningún cargo público, pese a los muchos que le ofrecieron. Sólo el de “Agregado cultural honorario”, sin sueldo, en Washington, que le facilitó el gobierno republicano.
Zenobia en las épocas del poeta
destaca la insustituible presencia de su esposa en su Obra y en su vida. Se enamoró de ella el mismo día que la conoció. Ella era una mujer de inalterable alegría, inteligente, y con una insólita cultura en aquella época. Fue su esposa, su peluquera, su enfermera, su sostén, su madre, su alma. Como ella dijo, Juan Ramón hubiera acabado muerto o loco de no haberla conocido. Él fue su creación. Cuando falleció, corroída de cáncer, el poeta pidió morir también. Nunca volvió a escribir, y abandonado, se fue junto a ella poco tiempo después.
Juan Ramón tuvo tres grandes pasiones: la poesía, primera y siempre. Pero también la música y la pintura. Al único hombre que dijo admirar fue al director de orquesta Arturo Toscanini. Sus estudios de pintura marcaron un camino que jamás dejó. Fue retratado por Joaquín Sorolla y Vázquez Díaz. Descubrió el cubismo y sucumbió ante Picasso.
Su agudeza estética se interesó por un pintor jovencísimo entonces, llamado Ramón Gaya, a quien le encargó una versión de los famosos perejiles que adornaban sus pulidas ediciones. Gaya resultó ser el primer Premio Velázquez de la pintura hispana. Vivió bastantes años en Valencia tras el exilio, y siempre consideró a Juan Ramón el maestro de la
Generación del 27
. Tanto la exposición como este libro catálogo, reúne numerosas muestras de estos y otros pintores, además de documentos manuscritos, fotografías y un sinfín de información sobre este poeta total, difícil de resumir sus 637 páginas.