en siglos anteriores la moda en el peinado no salía de los círculos de la nobleza y de la alta burguesía. Las mujeres de las clases pudientes se exhibían en los eventos públicos y en sus paseos por los jardines. Las ideas de libertad e igualdad maduraron durante el siglo XX y la moda en el peinado también se democratizó gracias a los nuevos medios de comunicación.
En la primera mitad del siglo pasado, la nobleza dejó su espacio a las estrellas de un celuloide aún en pañales. La nueva clase media encontraba en la gran pantalla sus referentes estilísticos. Para el peluquero valenciano Tono Sanmartín el primer icono fue la estrella del cine mudo de los años 20: Mary Pickford, un rubia con una cabellera muy cuidada.
“Hacía papeles de huérfana, muy delicados. Por eso aparecía como un angelito, con el pelo ensortijado. Un peinado a base de bucles y rulos que se potenciaba gracias al claro oscuro de las primeras películas”.
Con la irrupción del cine sonoro, apareció un nuevo modelo de mujer. Greta Garbo fue una diva misteriosa y ambigua. Su rostro serio y frío se enfatizó gracias a “la melena recta con las cejas perfiladas y muy finas”, explica Sanmartín.
Marlene Dietrich o Jean Harlow heredaron del pasado los bucles angulosos para unos cabellos cada vez más decolorados y esponjosos. La razón, según el peluquero valenciano, era mostrarlas majestuosas: “Una imagen pensada para alejar a la población de la tristeza de la realidad cotidiana”.
Maestra en hacer olvidar las penas fue Rita Hay worth. La primera pelirroja que triunfó en Hollywood y en las peluquerías de todo el mundo. “Tenía una melena larga, rizada y muy seductora”. Tal era la importancia de su peinado que Orson Welles cosechó un fracaso en el filme La dama de Shangai, entre otras cosas, por teñir a la Hayworth de rubia platino.
En la década de los 40, su cabellera pelirroja, larga y ondulada triunfó en el reino de las rubias. Todos cayeron rendidos ante Gilda. La única rubia que le pudo hacer sombra en el peinado fue Verónica Lake. “No fue una actriz de renombre, pero su mechón dorado que le caía por encima del ojo causó furor hasta el punto que en muchas fabricas se pidió a las mujeres que no lo imitarán porque se enganchaban el pelo en las máquinas”, relata Tono Sanmartín.
Vuelve la alta sociedad
En 1956, una actriz norteamericana, Grace Kelly, se casa con el príncipe Rainiero de Mónaco con lo que el cine devolvió a la alta sociedad su poder para marcar modas. La princesa Grace fue imitada pero no tanto como la mujer del presidente de los EE.UU., Jackie Kennedy. Su forma de vida, su estilo, sus vestidos y también su peinado eran emulados por la clase media del país. Tono Sanmartín entiende que la atracción era el carisma de ella, porque “el cabello no tenía nada de especial. Una melena corta con mucho volumen y mucha laca. Por eso no se le movía ni un pelo”.
A pesar de que la política y la alta sociedad entran con fuerza, en el mundo del glamur continuaba mandando el cine. La década de los 50 lanzó al estrellato a dos iconos diferentes. “Es rubia, como las anteriores, pero con una imagen más moderna. Trasmitía una sensualidad nueva alejada de la seriedad de Dietrich, por eso causó tanto furor entre los hombres”. Tono Sanmartín se refiere a Marilyn Monroe. “Su pelo, como su vida, sufrió una gran evolución, de pelirroja a rubia platino. Se fue decolorando el cabello hasta el punto de dejarlo casi blanco”. Cuando salía de viaje la rubia más famosa se hacía acompañar por un peluquero que cada semana le teñía las raíces.
Alejada de la mujer fatal tipo Marilyn, creció el mito de Sabrina. El peinado de Audrey Hepburn fue de los más demandados en las peluquerías de todo el mundo desde los 50. “Para ella era perfecto. El pelo muy corto, con una nuca depurada, un flequillo escaso por encima de unas cejas muy pronunciadas”. La idea era enfatizar sus facciones delicadas de niña.