Sábado, 2 de diciembre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
El mal de altura
Europa está llena de conflictos y de psicosis. A lo primero estamos acostumbrados, pero a lo segundo tendremos que habituarnos. Cada vez es más frecuente que se hallen restos de Polonio 210 en los aviones y la radiactividad es aún peor que el menú que se ofrece en la zona destinada a los pasajeros noles. Más de 33.000 viajeros han surcado los aires veloces en aparatos en los que, después de que llegaran a los hangares, se detectara la maligna sustancia. Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad y veneno en el aire para todo el que prefiera ese medio de transporte.

La alerta por el Polonio radiactivo se ha hecho ecuménica con mucha más rapidez de la deseada por Benedicto XVI para las variadas creencias religiosas. Va a resultar que no iba descaminado Blas Pascal cuando decía que todos los males del ser humano radican en el hecho de no saber quedarse en su casa. Acechan peligros por tierra, mar y aire. A ras del suelo hay talleres de pasaportes de ETA para desplazarse por Europa; por la mar ancha y grande naufragan los cayucos y ahora se encuentran tóxicos por encima de las águilas.

Está de moda eso de eliminar contradictores mediante la práctica de introducir en su organismo cualquier sustancia que no sea digna de ser hospedada. Al ex primer ministro ruso Gaidar, según nos revelan ahora, lo envenenaron con algo calificado como “no natural”, pero ese es un diagnóstico muy amplio, ya que no excluye la macrohamburguesa.

Vivimos peligrosamente, pero no porque nos guste, sino porque hay alguien que nos inventa riesgos, como si no hubiera bastantes con lo que acarrea el hecho de estar vivos. Lo malo es que hay que moverse, aunque sólo sea para demostrarnos que continuamos aquí y que no somos todavía de los quietos y seguimos teniendo “difíciles los pensamientos”.

 
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