Viernes, 1 de diciembre de 2006
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C. VALENCIANA

pura vida
Villancicos
Hace unos días zambullí mi cuerpo en el pulcro, luminoso y limpio supermercado situado al principio de la calle donde sobrevivo para efectuar esa compra urgente y semanal del soltero cuya nevera refleja soledad, gotas de incipiente cinismo, melancolía otoñal y esa insatisfacción permanente que corroe a los de mi condición.

El popular bolinga del barrio soplaba su armónica y conseguía, a duras penas, extraer incomprensibles notas metálicas que olían a derrota. Una mujer gruesa forrada por varias capas de harapos mantenía su mano tendida en un intento de reclamar calderilla sobrante. Murmuraba una letanía atropellada que, por casualidad, se acoplaba a la música dadaísta de la armónica. Salvados esos escollos que son los hijastros de la calle y su dura realidad, el reverso de nuestra maravillosa sociedad de consumo repleta de triunfadores y de ladrillo y de terrenos recalificados y de alcaldes listos que terminan con los grilletes decorando sus muñecas como si fuesen pulseras diseñadas por un Cartier castigador, entré en el supermercado tras franquear esas puertas transparentes que se abren de forma automática emitiendo un susurro que destila bienestar. Fue como aterrizar en otro mundo, un universo de orden y perfección, de baldosas relucientes y estantes frondosos, de cajeras amables y villancicos en el hilo musical. Compré cerveza, latas de atún, fiambre, leche, pan de molde, chocolate, whisky, papel higiénico, un fuet, desodorante y un ambientador con aroma a Pirineos. Pagué, salí a la calle y allí continuaba la grimosa melodía de la armónica del bolinga y la cantinela triste de la mendiga. Me sentí mal, desenfunde la cartera y les pasé un par de billetes a cada uno. Pese a todo, me resultaba más entrañable el delirante villancico de esa extraña pareja como de aquelarre urbano que el tradicional y típico del supermercado.

 
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