Raro es el día en el que, incidentalmente y en la calle, el comentarista no conversa con alguien sobre el hundimiento de nuestra agricultura. Precisamente, antes de redactar estas líneas, en el corto trayecto de la vivienda al supermercado más habitual, un agricultor de Pedralba, que aprovechó la ampliación del regadío en su municipio para dedicarse a la citricultura, aún sin abandonar la vid, me aborda tratando del consabido tema. ¿Es razonable que no haya podido vender a precio alguno sus clementinas Oronules, próximas a pasarse en madurez? Incapaz de postrarse de rodillas y aceptar el ‘ir a resultas’, ha resuelto por su cuenta la venta, suministrando la fruta a tenderos de Valladolid. Poco después, en el supermercado, un matrimonio de Los Pedrones se da a conocer comentando al pronto que su satisfacción es vivir en la referida aldea. Cierto que a continuación lamentan el precio ruinoso de la uva y cómo huyen los jóvenes de la agricultura. Debo confesar el fracaso en elevar el ánimo de la pareja, exponiendo el mejor porvenir que ofrece la elaboración del vino embotellado para la agricultura tradicional en comparación con la citricultura del litoral.
Algunas personas, a título individual, además, por supuesto, de las organizaciones profesionales y cooperativas, por el hecho de llevar la agricultura muy dentro insistimos en los medios de comunicación sobre la importancia del denominado sector primario. Es contradictorio que sobre esta actividad vivan con desahogo numerosas empresas de la industria y los servicios. Además la agricultura enriquece el paisaje y convierte al agricultor en guardián de la naturaleza, sin olvidar que la Comunitat Valenciana es más conocida en el mundo entero por sus productos hortofrutícolas, alimentos y cocina que por los destacados políticos de nuestra historia.
Pero hay algo más que las personas reflexivas o inteligentes saben, cual es la trascendencia de la agricultura y sus valores sobre gran parte de la sociedad valenciana. Precisamente, el profesor Francisco Grande Cobián, científico inolvidable con el que mantuvimos una estrecha relación, me transmitió, un día de junio de 1992, sus reflexiones sobre esta realidad indiscutible, no aceptada por los políticos y aficionados a la economía.
Sus reflexiones habían cristalizado en la guerra civil cuando, por razones profesionales, acudía desde Madrid a Valencia a departir con Juan Negrín, jefe del Gobierno, quien había impulsado a la investigación a Severo Ochoa y al propio Francisco Grande.
Los estudios de Grande Cobián sobre los efectos de la escasa alimentación sobre la población de Madrid durante la guerra motivó su permanencia durante más de 25 años en la Universidad de Minesota. Más tarde, de vuelta a una España en desarrollo, comprobó la mencionada trascendencia agrícola en sus visitas a Valencia, y entre otros datos me narró la anécdota de un viaje en taxi desde Valencia a Zaragoza. Preguntó sobre los políticos al conductor y tras indicarle este que mejor era no hablar de ellos, el profesor insistió sobre la agricultura valenciana. Entonces, el taxista viró en su tono, contándole lo que sucedía en Luchente, su pueblo, el apoyo al cooperativismo y el esfuerzo de la Consellería de Agricultura.