Un nuevo problema ha venido a sumarse a una campaña citrícola muy difícil y marcada por cotizaciones todavía más bajas que en las anteriores. Se trata de la presencia, muy amplia, de la ‘clareta’, un arrugamiento de la parte interna de la piel de la fruta que afecta sobre todo a ciertas variedades de naranjas, sobre todo la Navelina, y que este año está apareciendo además en la mandarina Clemenvilla de zonas más precoces.
La ‘clareta’ no afecta a la calidad interna de los frutos, pero sí que deteriora su valor comercial, según los cánones imperantes ahora. El sistema rechaza sistemáticamente los frutos que presentan este defecto externo, por lo que deben desviarse a su aprovechamiento para zumos, lo cual, tal como están las cosas en estos momentos, incluso puede significar en algunos casos la obtención de precios mejores que en la comercialización en fresco. Ahora bien, esto es así por la ayuda que se da por kilo industrializado; si cambia el sistema, como pretende Bruselas y parece que el Gobierno español acepta, estas ayudas por kilo desaparecerían en un futuro, convirtiéndose en pagos únicos por superficie, y esta parte de la cosecha que no tiene salida para su venta en fresco no tendría el apoyo que ahora permite su aprovechamiento integral.
Y no es cuestión de unas toneladas, porque en el caso de la naranja Navelina hay términos municipales muy afectados; se habla incluso del 50% en algunas partidas, lo que constituye un gran problema para los agricultores y las entidades comercializadoras.
Técnicamente, la ‘clareta’ es el efecto final del resquebrajamiento de la parte blanca de la corteza, el albedo, lo que se traduce en la aparición de unas arrugas características en la parte externa, que permanece, no obstante, sin grietas, pero desde el punto de vista de las apetencias comerciales, supone un negativo factor de calidad.
Es un deterioro de origen incierto, si bien se relaciona en ocasiones con un exceso de abonado en el cultivo (aunque también aparece con fertilizaciones muy medidas), con el alargamiento de la temporada de calor (que sí coincide este año) o con la falta de podas, porque suele estar más presente en fruta de ramas viejas, no en brotes más recientes.
Se presenta cuando la fruta madura, aunque los técnicos aseguran que el mal empieza a gestarse a finales de primavera o primeros de verano, por lo que se puede aplicar entonces (finales de junio y julio) un tratamiento preventivo, a base de ácido giberélico y nitrato potásico, con resultados que tampoco son óptimos al cien por cien, pero que sí que aminoran los efectos, y siempre se ha de realizar la aplicación de manera indiscriminada, sin saber de antemano si habría después ‘clareta’ o no, sólo ‘‘por si acaso’’, o al menos en las fincas con antecedentes.
No es un problema nuevo, en absoluto, ni siquiera en el hecho de presentarse con la intensidad actual. Lo que ocurre es que, en contra de lo que ocurría antaño, cuando había más estabilidad entre la oferta y la demanda, o llegaba a faltar fruta en ocasiones y se tendía a aprovechar en fresco todo lo que era aprovechable e intrínsecamente bueno, ahora, con el exceso de oferta, la tendencia obvia es la de seleccionar más lo que hay, hasta con exigencias de sibaritismo.
De esta manera nos encontramos con un hándicap muy importante, porque muchos miles de toneladas de fruta no sirven para su venta en mercados y supermercados, y no son las de aquí o las de allá, sino una parte de cada uno de muchos campos, por lo que se impone una estricta selección, cuando escasea cada vez más el personal especializado, e intentar su mejor aprovechamiento posterior, para que los costes de producción y los gastos añadidos en la recolección, transportes y manipulación no sobrecarguen más la porción de cosecha que sí que sirve para su venta final en fresco.
Esto nos lleva a lo aludido antes con los posibles cambios en el régimen de las ayudas de la UE. ¿Qué se haría entonces con esta parte de la cosecha que es estupenda, aunque no apta para el comercio en fresco? No siempre podrá ir a la industria, porque, sin ayuda directa, la recolección y el transporte suben más de lo que pagan las fábricas. ¿Tendrá que quedarse en los campos, como sugieren, por lo bajini, altos cargos del Ministerio de Agricultura? Eso sería un despropósito social, económico y mediático. Y, por cierto, recuerda aquello que dijo, medio siglo atrás, un ministro del ramo, cuando se le quejaron representantes naranjeros, por lo mal que estaban las cosas, y contestó diciendo: ‘‘Pues planten menos el año que viene’’.