En el quehacer habitual de la alcaldesa hay una espontaneidad en la que cifra una buena parte de su éxito. Aunque sea, o haya podido ser, fuente de conflicto, Rita Barberá se mueve con una naturalidad, con un desparpajo que le sirve muy bien para lo fundamental: que es contactar con la gente, vecinos y electores, a través de los medios de comunicación.
Hace unos días tuve ocasión de comprobarlo cuando, en un acto público, al escuchar halagos de forasteros sobre el gran cambio de Valencia, la alcaldesa, con la espontaneidad a flor de piel, no se reprimió:
–Así me gusta, así. Como dice el protagonista de
Pretty Woman
en la tienda: tenéis que hacerme mucho más la pelota...
A la alcaldesa, generalmente, se le entiende muy bien lo que dice. Porque usa ideas políticas fáciles de asimilar hasta por los más obtusos y las enmarca en formatos de corte popular con una espontaneidad que, sobre una base innata, yo creo que está perfectamente entrenada, que es fruto de mucho más adiestramiento del que somos capaces de suponer.
Con todo, hay un asunto capital en la vida de la alcaldesa que saca de ella la madraza o la fiera que toda mujer dicen que lleva dentro. Ahí sí que no hay adiestramiento ni artificio: cuando oye hablar bien de Valencia se le ablanda el corazón y pide poder escuchar esa agradable música una y otra vez; y cuando ve un comportamiento que juzga solapado con la ciudad, cuando ve una trampa, descortesía, marrullería o doblez a propósito de Valencia, suele saltar al cuello como una pantera.
–¡Menuda bola habéis soltado!
Un prodigio de comunicación: se le ha entendido a la primera. Conociendo el percal, su reacción ante los contenidos del documental que ha preparado el Gobierno a propósito de sus inversiones en la Copa América me parece de lo más serena, comedida y suave. Incluso creo que es un comentario que se debe catalogar como de
baja intensidad
. Que nos indica, eso sin duda, que las amenidades de la campaña electoral han comenzado. ¡Porque apenas faltan 22 semanas!