Sábado, 18 de noviembre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Me importaun bledoTom Cruise
Ya sé que el título de esta columna es poco elegante y pido disculpas por ello pero, como se dice aquí en Valencia, em ve de gust decir con rotundidad lo que muchos de ustedes piensan.

Tenemos un fin de semana para jartarnos de Cruise, de Holmes, de Bracciano y de todo el bodorrio que, convendrán conmigo, es un auténtico tostón informativo. Ya que el contexto es un castillo, no puedo sino recordar esas bodas de los señores nobles tardomedievales que duraban varios días y en las que los grandes del lugar miraban por encima del hombro a los campesinos que ni en sueños podrían aspirar a casarse así.

Aquellas bodas intentaban mostrar el poderío de una familia a las demás más que al resto del mundo por lo que no puede decirse sino que eran verdaderos actos de propaganda. Para los pobres, se tenía la deferencia de ofrecer algunas sobras y de exhibirse para ser admirados.

Esta boda tiene componentes similares por cuanto han sido invitados unos personajes tan conocidos como los novios pero absolutamente alejados de los mortales que sólo hemos visto limusinas en las películas o en la boda del hortera del pueblo.

Lo que más molesta en este tipo de espectáculos es la credulidad de los medios de comunicación y, con ellos, de todos nosotros. Esa credulidad aparece en los relatos que dan por hecho la perdurabilidad del matrimonio entre personajes un tanto desequilibrados a tenor de sus efusivas manifestaciones públicas de amor eterno. Se trata de una asombrosa capacidad para simular que uno se lo cree. Curiosamente, esa actitud no se ve alterada cuando, pasados unos meses o años, llega la noticia de la separación por diferencias irreconciliables. En los relatos de este tipo de bodas, sobre todo entre algunos comentaristas de la cosa rosa , se hace tal exaltación del amor mutuo que sólo puede ser atribuida al natural síndrome de Estocolmo emanado entre los efluvios de la exquisita carta de vinos del banquete.

 
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