Martes, 14 de noviembre de 2006
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Valencia
Alianza religiosa y fractura política
Una de las conclusiones del Grupo de Alto Nivel que analiza la Alianza de Civilizaciones es que los problemas entre Oriente y Occidente no derivan de las diferencias religiosas sino de las políticas. Es la política y no la religión la que fractura el mundo. El razonamiento es lógico y su difusión, necesaria, pero, ante esa afirmación, parece inevitable una pregunta: si el problema es político, ¿se puede hablar de “Guerra y Alianza de Civilizaciones”?

La respuesta es compleja pues la expresión “Alianza de Civilizaciones” se ha convertido en una palabra mágica cuya aceptación es, para determinados sectores autoconsiderados avanzados, un signo de “progresía” mientras que su rechazo es interpretado, por esos sectores convertidos en jueces morales, señal de xenofobia recalcitrante. Sin embargo, la extrapolación de las posturas es siempre incorrecta.

La clave para evaluar correctamente la expresión es la conciencia de que la política, en efecto, envenena las relaciones entre comunidades dispuestas a convivir por encima de diferencias históricas, religiosas o culturales. Son los afanes por aumentar o consolidar el poder, el dominio del territorio y las ambiciones económicas, los que ponen en jaque la convivencia armónica de las distintas religiones y no al revés.

El problema es que cualquier conflicto y, en especial, aquellos que resultan cruentos es alimentado necesariamente con la apelación a raíces que van más allá de lo político. Así se vio entre serbios y bosnios, entre palestinos e israelíes, entre chechenos y rusos o entre hutus y tutsis. Sólo con ese alimento extraordinario puede lograrse que el ser humano se lance contra otro de forma descarnada y cruel pues eso no lo consigue un simple programa político sino la mención a la familia, la religión o los sentimientos patrios. Por eso, la expresión “Alianza de Civilizaciones” es perjudicial para las religiones pues no se trata de que sean incapaces de convivir sino de que algunos estén interesados en alegar lo religioso para obtener el poder ya sea en Kabul, en Washington o en la Moncloa.

 
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