Domingo, 12 de noviembre de 2006
Registro Hemeroteca

en

EDICIÓN IMPRESA

Valencia
La helada de 1956, banco de pruebas contra el olvido de Valencia
LAS PROVINCIAS impuso la gravedad del problema de la naranja sobre el silencio oficial y sobre una censura que quería paliar el drama del campo Una encuesta y los artículos del director, eficaces herramientas periodísticas: en pocos días comenzaron a valorarse los daños en el campo valenciano
LAS PROVINCIAS impuso la gravedad del problema de la naranja sobre el silencio oficial y sobre una censura que quería paliar el drama del campo Una encuesta y los artículos del director, eficaces herramientas periodísticas: en pocos días comenzaron a valorarse los daños en el campo valenciano
¿Cómo hacer que Valencia sea oída en Madrid? ¿Cómo conseguir que, como mínimo, se reconozca el grave daño que ha sufrido un sector económico de valor estratégico para la economía nacional? ¿Cómo lograr que una fiesta popular como la de las Fallas no acabe por ocultar frívolamente una desgracia económica tan extendida? Todos esos conflictos, y muchos más, acosaron en los primeros meses de 1956 al director de este periódico. Martín Domínguez, sin más recursos que su experiencia y una sencilla máquina de escribir, dio prueba una vez más de su valía al servicio de los intereses valencianos.

La Navidad de 1955 había sido fría y el año 1956 se abrió también con mucho frío. Pero en el mes de febrero de 1956 una masa de aire siberiano comenzó a avanzar hacia el sur y puso a tiritar a Europa entera. El día 3 de febrero LAS PROVINCIAS informó que se estaban registrando “las más bajas temperaturas en Europa desde hace 10 años”. Pero algunas crónicas, en días sucesivos, no tuvieron más remedio que anunciar que los europeos estaban soportando la peor ola de frío en todo un siglo. En España, la temperatura bajó hasta 32º bajo cero en el lago Estangento, mientras nevaba copiosamente en San Sebastián.

Cuando los valencianos supieron que en la vecina Teruel se habían alcanzado los 14º bajo cero comenzaron a temer los efectos de la imponente ola de frío que avanzaba. A las siete y media de la mañana del 4 de febrero, el termómetro, en la ciudad de Valencia, alcanzó los 3º bajo cero, señal inequívoca de que toda la agricultura valenciana estaba en grave peligro.

Durante varias semanas, sucesivas olas de aire polar siguieron dando como resultado temperaturas extremadamente bajas. Que dañaron no solo la parte mayor de la cosecha de cítricos, sino miles de árboles. Incluso olivos y otros leñosos de muy alta resistencia fueron dañados por unos fríos que dejaron 8º bajo cero en Liria.

A primeros de marzo, los daños de la helada en el campo valenciano se habían calculado en 22.500 millones de pesetas, de los que 4.500 millones fueron establecidos como merma previsible de la cosecha de la temporada siguiente. Los cítricos inservibles como consecuencia de la helada se calcularon en millón y medio de toneladas. Pero antes de que esa valoración se hiciera pública oficialmente tuvieron que pasar muchas cosas.

Un periodista agricultor
Martín Domínguez, director de LAS PROVINCIAS en 1956, era, además de periodista, propietario agrícola, agricultor, un sensible entendido en las cuestiones del negocio agrario y, sobre todo, un ardiente defensor del papel relevante que la economía agrícola valenciana tenía entonces como sostén de la economía nacional.

El 5 de febrero, cuando los daños de la helada estaban aún por aceptar y contabilizar, LAS PROVINCIAS se las ingenió para publicar una información oficial, de la agencia Efe, que subrayaba que las exportaciones agrícolas españolas ascendían a 7.000 millones de pesetas, y que “la naranja ocupa uno de los primeros porcentajes”. En la columna “Actualidad Valenciana”, dedicada a glosar los temas del día, se notaba que Vicente Badía, el redactor habitual, había cedido la plaza al director. Con una ironía insuperable, estos párrafos estuvieron dedicados a las autoridades valencianas, temerosas de que trascendiera la alarma tanto hacia abajo, hacia los agricultores y jornaleros arruinados, como hacia despachos ministeriales refractarios a complicaciones y noticias adversas.

Martín Domínguez, que usa la metáfora del enfermo, argumenta que le asiste al menos el derecho de emitir un quejido; y escribe:

“Si con ello se pretende animar y consolar al doliente diciéndole que no pasa nada, que no le duele nada, que esta apendicitis y esta muela y esta piedra en el riñón son un simple cosquilleo, pues, la verdad, puede que sí se le anime; pero puede que más bien se le irrite y se le saque de sus casillas. Por nuestra parte quisiéramos estar en nuestro lugar justo. Ni precipitados lamentos ni memaditas balsámicas. Habrá que esperar unos días –muy pocos—para apreciar la amplitud y la profundidad de la catástrofe española que ha vuelto a producirse en tierras valencianas”.

La clave del pensamiento del director de LAS PROVINCIAS está en una sola línea: una catástrofe española producida en tierras valencianas. Aunque el Gobierno no lo reconocía, o lo hacía tarde y mal, Martín Domínguez tenía muy claro, y procuraba subrayarlo, que las divisas que la naranja traía a España eran clave para sustentar la arquitectura económica de una nación aislada que todavía necesitaba importar de todo, divisas en mano, para su cabal desarrollo.

Más que la censura, el peligro de un sistema de dictadura como el franquista era la apática inercia del silencio. Las grandes noticias, las catástrofes, debían ser ahormadas y mitigadas, por evidentes que fueran. Por eso era tan eficaz, en el franquismo, la escritura entre líneas; la elegancia expositiva, la ironía, incluso el humor, eran la envoltura ideal de las más amargas medicinas informativas.

Las ironías de Martín Domínguez, apenas unas líneas, se publicaron el 5 de febrero. Y el día 7 ya hubo en Valencia una reunión de prebostes sindicales que habían recorrido las zonas siniestradas. El asunto, por encima de la resistencia oficial, ya estaba en la mesa de la actualidad. Y se había configurado como una bola de nieve imparable. LAS PROVINCIAS, el día 10, puso en marcha una encuesta. Estaba destinada a que los expertos aportaran soluciones –si es que las había—para evitar la helada de las cosechas de cítricos. Pero el periódico, en realidad, preguntó por la helada misma y abrió una sección diaria para que todos los especialistas –economistas, exportadores, grandes cosecheros, ingenieros agrónomos, etcétera-- ayudaran al periódico a explicitar ante las autoridades, y ante el lejano ministro Rafael Cavestany, la evidencia de una helada que demasiado inopotuna.

Un arzobispo comprometido
El 14 de febrero, cinco fotos procedentes de Europa entera ayudaron a evidenciar, en la portada, la crudeza de los efectos del frío que tanto se tardaba en admitir. Pero ese mismo día, en páginas interiores, ya se daba cuenta de una reunión de los procuradores en Cortes por la provincia de Valencia, que fue seguida por una “carta abierta” del arzobispo, Marcelino Olaechea, destinada a llamar la atención sobre las graves secuelas de la helada sobre los obreros y jornaleros del campo.

Medio siglo después, el breve documento arzobispal es un monumento a la inquietud social, que admira por su valentía y contundencia. Parece ser la transcripción de una alocución improvisada ante la radio. Pero en todo caso es un testimonio de gran peso que desde la aparente impunidad de la Iglesia empezaba por dar un dato impresionante que nadie había osado publicar hasta el momento: el del número de parados a causa de la helada:

“Ya sabéis que suben de cincuenta mil los que ha dejado la helada en paro forzoso. No se puede perder ni un día en proyectos y cabildeos. Hay que dar trabajo humanamente retribuido con la máxima urgencia. Trabajo de lo que sea, pero trabajo inmediato. El que tiene huerto, el que tiene comercio, el que tiene industria, puede ir tirando, y tiene, aunque mermadas, muy mermadas si se quiere, sus disponibilidades, de dónde tirar. Los jornaleros del campo, no. Les espera el hambre a ellos, a su mujer y a sus hijos. Y eso... eso, eso no puede ser. Si somos valencianos, si somos cristianos, si somos hombres. Trabajo, trabajo y trabajo”.


La semana próxima: “La alegría de las Fallas, la crisis agrícola y el mito del “Levante Feliz”

 
Vocento

Contactar | Mapa web | Aviso legal | Política de privacidad | Publicidad