Jueves, 2 de noviembre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
200 años de Cementerio General
Bendecido solemnemente por su arzobispo franciscano, el alicantino Joaquín Company, el 6 de junio de 1807 abría por primera vez sus puertas el Cementerio General de Valencia. Era de los primeros de España que había sido capaz de superar los tradicionales reparos que se oponían a la real e higiénica reforma de Carlos III. Contra la secular costumbre de sepultar los cadáveres dentro del perímetro de las ciudades. Su Real Orden de 3 de abril de 1787 ya la había anticipado; pero su pragmática de 26 de abril de 1804 disponía su puesta en marcha inmediata al establecer la comisión encargada de llevarla a efecto en cada ciudad española. En Valencia, Manuel del Pozo y el corregidor Cayetano de Urbina, verdadero creador del nuevo cementerio general.

Y no es que Valencia estuviera falta de cementerios. Porque cada iglesia parroquial disponía de un fossar donde enterrar a los muertos de su demarcación así distribuidos: la gente común, en este fossar; los nobles y acaudalados, dentro de la iglesia; y los religiosos, en sus respectivos conventos. Pero la Real Orden había prohibido estos enterramientos parroquiales; por lo que, siguiendo recomendaciones apuntadas por la Facultad de Medicina para el emplazamiento del nuevo camposanto general, ese mismo año de 1804 fue adquirido a orilla del Camino de Picassent, en la partida del Molino de Tell, un terreno rectangular de 3.200 m2 para su construcción.

El sencillo proyecto era de ladrillo y mampostería, conformado por dos amplias avenidas perpendiculares. Lo había diseñado el arquitecto de la ciudad, Cristóbal Sales, con aprobación de la Academia de Bellas Artes de San Carlos. Se iniciaron las obras en julio de 1805 y concluyeron en junio de 1807, sufragado su coste con la venta de los viejos cementerios parroquiales como solares para edificar sobre ellos o abrir nuevas vías urbanas.

No había entonces Memoria Histórica que lo impidiera. De modo que, prácticamente resultaba de la propiedad de la Iglesia valenciana y responsabilizado el arzobispado de su cuidado y mantenimiento.

Los primeros nichos, en número de 80, fueron también construidos por el mismo arquitecto un año después de inaugurado el cementerio. Para evitar que los miembros de la burguesía valenciana fueran a parar a la fosa común, siendo su primer inquilino el marqués de Jura Real. Y treinta años después, ocupados ya todos -uno por el arquitecto constructor- se procedió a levantar nuevos bloques de estos llamados “columbarios”.

Pero ya entonces había crecido de tal modo la cuidada vegetación, especialmente las palmeras plantadas en su recinto, que el cementerio recibió el nombre de hort de les palmes. Y luego el de les belles arts, cuando por la década de 1840 sucedió el fallecimiento de los hijos de dos magnates de la ciudad y el de otros personajes acaudalados; porque fueron arrancadas estas palmeras para ocupar su lugar ricos panteones familiares con admirable estatuaria de los mejores artistas y de distintos estilos. Hasta se tuvo que ampliar al recinto con 30.000 m2 más, para poder atender las nuevas solicitudes. Expansión que posteriormente ha continuado según lo exigía el crecimiento de la población.

Construido de nueva planta hace 200 años que cumplirá el próximo 2007, nuestro Cementerio General ha tenido la oportunidad, aún no perdida, de convertirse en un gran museo-parque-jardín. A la manera de otros afamados de importantes ciudades europeas. Con itinerario señalado para facilitar la visita a nichos, criptas, lápidas, cruces y otros elementos funerarios dignos de atención. Por cualquier concepto histórico o artístico, que no faltan, ayudando a olvidar ese primer sentimiento que transmite el camposanto: de que en la ciudad de los muertos, como en la de los vivos, también existen las clases sociales. Suntuosas sepulturas para los más acaudalados y distinguidos; bloques de “columbarios” para la numerosa burguesía; tierra común para los menos favorecidos. Y en el lugar más recóndito, la fosa común para los anónimos sin suerte que no contaron para este mundo.

 
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