El incauto que crea que la mano de Katsikaris ha tenido mucho que ver en el cambio del Pamesa, se equivoca. Quien piense que un entrenador en cuatro días puede cambiar la inercia de un equipo, es que no sabe de grupos.
El nuevo técnico fue un sorprendido más ayer en la Fonteta. Uno de los 6.000 que se dieron cita en el pabellón y que vieron, y disfrutaron, la metamorfosis de su equipo. Pero la memoria es corta y los aplausos que ayer se ofrendaron a los jugadores debieron haber sido antes mesurados por los deméritos contraídos en semanas precedentes.
Casas se marchó dejando un grupo que no tenía ningún apego por el colectivo, un cúmulo de individualidades sin ayudas defensivas y que recibía un capazo de puntos en cada partido por la desidia defensiva que protagonizaban. Katsikaris se ha encontrado con una inercia absolutamente contraria. Diez jugadores luchando por el mismo objetivo: ganar y hacerlo desde el trabajo coral. De los 95 puntos encajados ante el Tau y los 90 ante el Etosa se pasó a los 72 de ayer del DKV Joventut. Sintomático.
Por tanto, el cambio no lo ha dado el entrenador sino los propios profesionales son los que han revertido su comportamiento. Es tan loable el trabajo de ayer como censurable toda su desidia previa.
De los MVP de las anteriores jornadas se pasó ayer a un equipo en el que cinco jugadores superaron los diez puntos y pudieron ser seis, porque Douglas marró hasta 10 tiros de tres puntos. Pero el colectivo limpia cualquier mácula.
El Pamesa fue un equipo que defendió y que alcanzo altas dosis de compromiso colectivo. Pero, hay que insistir, eso no es algo que logre un entrenador en cuatro días. Eso es algo que los jugadores o quieren o no quieren hacer. No hay más secretos. Lo que si que hay que ponerle en el haber del entrenador griego es que ayer fue capaz de comprometer a todos sus jugadores, a todos menos a Claver, en unas rotaciones tan fugaces como promiscuas que les mantenían enchufados en el duelo.
Con todos había platicado antes del duelo. A cada uno, momentos antes de comenzar su puesta de largo fue a sermonearles. A todos. Que si tu ayudas en defensa, que si tu me das relevos de calidad. Quiso que todos se sintieran parte del equipo y lo logró con el verbo y el tiovivo en el banquillo.
Para ejemplo, la actuación de Oliver. El base suplente fue el primer beneficiado del partido por las rotaciones. Al final salió de la cancha encumbrado como el mejor jugador del partido. Le dio criterio al ataque y anotó los puntos que rompieron el enfrentamiento.
¿Y Avdalovic? El yugoslavo, que había jugado hasta ayer de estrella buscando su lucimiento, viró su comportamiento y se puso a tirar del carro del esfuerzo. Defendió y dio sentido al ataque del Pamesa con su dirección de juego. Acabó con tres puntos, pero fue una pieza más del engranaje de la victoria.
Todos se sintieron parte del ente, todos menos Claver. No debe haber pasado una buena noche el alumno de Maristas. Al imberbe le sacó de titular, probablemente para dar un golpe de efecto de que algo había cambiado en el Pamesa. Pero le duró un telediario. Al minuto 4 se fue al banco tras fallar dos tiros, Douglas llevaba ya más errores que él. Ya no volvió a la cancha. Las rotaciones funcionaron para todos menos para la promesa que pasó de saborear la titularidad a irse a la ciénaga del banquillo, allá donde sólo hay toallas y gatorade, viéndose fuera de las rotaciones. Ese fue probablemente el único lunar del técnico heleno que intentó, con éxito, darle corresponsabilidad y frescura a su equipo. Ese parece el camino.