Sin gol es imposible ganar un partido. Por más que se domine en todas las parcelas, se tenga el control del juego durante el noventa por ciento del encuentro y se anule al rival, si no se mete la pelotita en la portería contraria, al final, empate sin goles. Eso fue lo que sucedió ayer en el estadio levantinista. Un equipo, el azulgrana valenciano, fue el único que quiso ganar, que porfió por conseguirlo, que superó siempre al Espanyol, pero al que se le nubló la vista de tres cuartos de campo hacia arriba. Y así, lógico, era imposible amarrar los tres puntos que merecieron sumar los de López Caro.
A pesar de que el empate, en teoría, beneficia más al cuadro catalán, Valverde debe meter el bisturí en su plantilla, algunos de cuyos futbolistas mostraron una apatía nada acorde a la calidad y condiciones que atesoran. Ver en el primer acto –sobre la parte buena de césped–, a Tamudo como único punta y, tras él, una tripleta compuesta por Rufete, De la Peña y Riera, sin que ninguno de ellos se enterase de lo que pasaba es algo que debe resultar poco menos que conrojante para su entrenador y para la propia afición espanyolista.
Por eso, es mucho más preocupante lo de los blanquiazules que el hecho de que el Levante no ganara el partido. Los pupilos de López Caro mostraron –falta de gol al margen–, una actitud elogiable y una predisposición extraordinaria. Y así debió entenderlo la afición levantinista, que no dejó de animar a los suyos en todo el choque y les premió con aplausos al término del mismo.
El Levante mandó siempre. Bien posicionado, se mostró muy seguro atrás –tanto en el centro como en los laterales–, con un medio campo en el que Berson y Camacho están impresionantes. Lástima que Ettien no tuviera su día y que, en la banda opuesta, un bullicioso y trabajador Courtois no llegara fino y lúcido a la línea de fondo para servir en condiciones. A la falta de iluminación cuando había que mirar a Kameni se unió que Kapo tuvo un mal día y todo ello unido hizo que Nino estuviera muy desasistido. Por eso, en ataque, poquito.
Pero si en el fútbol los empates se pudieran resolver a los puntos, como en el boxeo, el Levante hubiera ganado de calle. Por actitud, porque fue quien lo buscó y, por ende, quien lo mereció.
Excepto diez o quince minutos del segundo periodo, el Espanyol estuvo siempre maniatado por los levantinistas, que no dejaron respirar a los blanquiazules. Los de Valverde sólo dieron señales de vida en una contra que pilló al Levante volcado en ataque –minuto 26 de juego–, resuelta con disparo desviado de Jonatas y, tras el descanso, en un centro cerrado de Riera –minuto 67–, que Alexis sacó con su cabeza bajo los palos.
Ni con todo el arsenal ofensivo
A modo de resumen, primera mitad íntegra del Levante y una segunda en la que los visitantes dieron señales de vida tras los cambios, cuando jugaron con dos puntas: Tamudo y Luis García. Con menor desgaste físico que los azulgrana, los blanquiazules apretaron un poquito, se dejaron ver, pero salvo la acción reseñada de Jonatas y una posterior de Luis García, salvada por Molina, no hubo más sobresaltos.
Ante la falta de claridad ofensiva local y para buscar la victoria, López Caro se jugó el todo por el todo. Metió en el campo a Riga, Meyong Ze y Luyindula, que se unieron a Kapo. Ni por esas. El arreón final levantinista fue desordenado, pero creó peligro y dispuso de un par de acciones en las que pudo llegar el gol del triunfo. Lástima, porque Berson lo mereció. Y el Levante, también.