Cheste vive el mayor espectáculo del mundo
Todo sale a pedir de boca: éxito de público, tres podios valencianos y un español campeón en 250 c. c.
Cheste roza la perfección. El Gran Premio de la Comunitat batió ayer sus registros en una jornada redonda para el motociclismo valenciano, que elevó tres pilotos al podio, dos de ellos del equipo de Aspar, quien triunfó en 125 y 250 c. c. 130.000 personas asistieron al día perfecto.
La fiesta fue total, completa. Cheste escenificó una clausura del Mundial perfecta. El Gran Premio de la Comunitat Valenciana ha sido galardonado en tres ocasiones como el mejor del año y lo lógico es que caiga el cuarto. Todo lo ocurrido ayer alimenta esta posibilidad. El binomio que formaron el público y los pilotos fue sobresaliente. En la grada no se puede pedir más: ambiente y público en tropel. Cerca de 130.000 personas –232.000 a lo largo del fin de semana– forzaron al límite ayer el aforo del circuito. Pero, además, en la pista hubo otro espectáculo soberbio.
La suerte, además, sonrió a los anfitriones. Tres valencianos subieron al podio. Un éxito inaudito en la historia de los mundiales. Mientras que Jorge Martínez Aspar, otro de los triunfadores del día, saltó la banca. Dos de sus pupilos se llevaron el triunfo en 125 y 250 centímetros cúbicos. La guinda a un año excelso.
Desde una perspectiva localista, los otros protagonistas fueron Héctor Faubel, que con su triunfo en 125 c. c. se convierte en el segundo piloto valenciano que gana una carrera del Mundial en Cheste; Sergio Gadea, que le secundó en el podio con un tercer puesto, y Héctor Barberá, que logró idéntico resultado en 250 c. c.
La fiesta se completó con otros éxitos deportivos. Un español se proclamó campeón del mundo en Cheste. Jorge Lorenzo conquistó el título de 250 c. c. al finalizar en la cuarta posición. El cierre lo puso la carrera de MotoGP, que coronó por primera vez a Nicky Hayden. El estadounidense, que pensaba haber perdido todas sus opciones al rodar por el suelo en Estoril, se encontró con el título después de que Valentino Rossi, el único campeón que conocía la categoría reina desde que se denomina MotoGP, sufriera una caída a falta de 26 vueltas.
La fortuna sonrió a Cheste en esta ocasión al llegar dos títulos en el aire. Pero un Gran Premio no vive de esto. Su dimensión viene dada, más bien, por lo hondo que cale en la sociedad y por su solvencia organizativa. Y en ambos casos la evaluación le concede una nota muy alta.
Pero el circuito Ricardo Tormo mantiene los pies en el suelo. “No podemos morir de éxito”, comentó esta semana su director, Eduardo Nogués. Habrá un momento en el que las gradas lleguen a un tope, en el que sea imposible controlar a más gente. Y ahí llegará el momento de saber echar el freno. También será decisivo encontrar nuevas motivaciones y empeñarse en modificar los escasos detalles negativos que salpiquen al Gran Premio.
Los atascos seguirán produciéndose. Es algo que va ligado a todo gran acontecimiento que se celebre fuera de un núcleo urbano. La entrada y salida de 130.000 personas siempre congestionará el tráfico. Pero hasta en eso Cheste supera a otros grandes premios que, además, atraen a mucha menos gente. Fue un día perfecto.