Incluso en las sociedades más primitivas existió siempre un profundo respeto hacia el brujo, el chamán, el sanador, el que bailaba alrededor del tótem para que el cielo rompiese aguas y estas fertilizasen las praderas. Ignoramos la eficacia de estos solitarios que aplicaban cataplasmas de hierbas, piel de serpiente, babas de sapo y boñigas de murciélago, pero la historia confirma que rara vez les degollaron porque la presencia de alguien capaz de curar suponía una ventaja.
En un plazo de pocos días le han partido la cara a un médico en Valencia y a otro en Alzira, a este último agresor le detuvo la poli tras una sesión de pipas desenfundadas y reparto de plomo gratis total. No han sido estos los únicos casos en los cuales han aporreado al de la bata blanca y las manos templadas. A uno le asombra esta multiplicación de violencia contra los galenos porque indica el descerebramiento rampante que nos rodea y supone el triunfo de la incultura, de la bofetada frente a la palabra, de la irracionalidad frente a la ilustración. ¿Si golpeamos a los señores que velan por nuestra salud, qué será lo próximo? Y mientras se machaca con casi total impunidad a los doctores, nueva profesión de alto riesgo, como en ciertos aspectos navegamos hacia la involución, se enaltece a los charlatanes del horóscopo, se entroniza a los videntes de pacotilla que esquilman los bolsillos de los que les llaman a su teléfono de las predicciones chatarreras, se ofrece cancha a los zafios médiums de la bola de cristal esmerilado, se escucha con reverencia a los curanderos de extrarradio que prometen remedios desde sus estampitas y sus conjuros. Todo esta cochambre existencial revela que, en efecto, nuestra sociedad está enferma, pero para recuperarnos de estos males me temo que ni los mejores médicos encontrarán la solución.