No miento si digo que alguna vez he dicho una mentira. Quién no. Y tampoco me engaño si aventuro que a mí también me las han contado. Es lo que tienen las mentiras. Su atractivo es capaz de seducir a los más íntegros defensores de la verdad, y su perfección puede atrapar en sus redes a los más despiertos y avispados.
Claro que como en todo hay mentiras y mentiras. Piadosas, dulces, mentirijillas, autoengaños, calumnias, medias verdades… y no sé cuántas más. Yo diría que el listado es tan extenso como el número de razones que existen para mentir, porque para el que engaña su razón es única y tan poderosa, que le hace creer que el arte del disimulo es la única salida.
Esto es quizás lo que le pasó a la chica que esta semana era detenida por contar un gran embuste en Castellón. Quiso tapar una infidelidad con un supuesto rapto y violación. El engaño era tan grande que, al final, todo se descubrió. Pero este no es único caso en que una falsedad, del tipo que sea, se convierte en noticia. Basta con repasar el periódico cualquier día para comprobarlo. En la sección de sucesos, unos listillos engañan a cuarenta personas y clonan sus tarjetas de crédito. En la de economía, un aspirante a empresario va a la cárcel por estafar más de un millón de euros creando empresas ficticias. Y eso por no nombrar la sección de política.
Esto demuestra que nadie está a salvo de la mentira. De contarla o de sufrirla. Y si no, hagamos recuento. A tu jefe le dices que llegas tarde porque hay atasco, nunca porque te dormiste. Tu pareja te asegura que el guiso te salió de miedo, aunque sabes que está incomible. A un cliente inoportuno le cuentas que una supuesta reunión te impide atenderle…
Una vez en un curso me enseñaron a descubrir cuando alguien miente. El pulso se acelera, las pupilas se dilatan, se producen movimientos corporales repetitivos, sube la temperatura. Desde entonces las detecto mejor. Y aunque nunca he sido buena diciendo mentiras, reconozco que también controlo las variables y miento mejor. No sé si fue el curso o la vida misma la que también me enseñó que la mentira no siempre es tan mala. Quizás las peores son, como dice Sabina, las de la realidad que promete todo pero nada te da, mientras que son un poco más excusables aquellas de las que hacemos uso para hacer reír a los demás. Eso sí, sin pasarse.