Viernes, 27 de octubre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Algo más que una profesional
Hay una costumbre en la Casa Real que aprecio especialmente. Desconozco si es opción personal de la Reina pero imagino que, aunque aconsejada, la decisión última es de ella. Me refiero a que el papel de la mujer, la consorte del Rey, no se limite a asuntos frívolos frente a la gravedad de regir el reino, tarea que le corresponde al varón.

En otros lugares, la compañera de un jefe de Estado, sea monarca o político, queda asociada a la adaptación actual del rol de mujer de : beneficencia y frivolidades varias. En este caso, la decisión de la Reina de presidir, en solitario, actos culturales de primer orden como la entrega de los Jaume I o el estreno de Fidelio en el Palau de les Arts representa ubicar a la mujer en un plano nada secundario, a no ser que se entienda la cultura como supeditada a la política. Ese prejuicio existe pero es cosa de botarates y mediocres buscadores de poder.

El lugar de la Reina en la vida cultural tampoco se reduce a actividades menores sino a aquellas que se vinculan con la crème de la intelectualidad. Por eso cuando se dice que la entrada de Letizia en la Familia Real supone una modernización de la monarquía, parece que se olvide el impulso modernizador de la Reina. No hay más que recordar cómo ha sido capaz de vestir a la Occidental yendo de visita a países árabes para molestia de algunos y escándalo de otros.

Se podrá reprochar que la verdadera igualdad se producirá cuando reine Leonor pero realmente esa igualdad ya la ha experimentado España con Isabel II, sin ir más lejos.

No es la Casa Real la que está en deuda con la igualdad sino el Gobierno. A estas alturas las españolas ya han demostrado su capacidad para gobernar un reino, un parlamento, un ministerio o un banco pero todavía no han podido demostrar que son capaces de presidir un gobierno democrático.

Esa lección está aún pendiente.

 
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