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Ahora que el Consell parece que quiere tomarse en serio lo de cuidar el paisaje, a ver si también se nota en un mayor cuidado de los pequeños paisajes cercanos, los domésticos de cada día, y no se apunta sólo a los grandes proyectos y realizaciones. Ambas cosas son necesarias, por supuesto, las altas montañas puestas a salvo y la preservación de la bella imagen de los pueblos, evitando que siga proliferando esa prostitución de lo auténtico que provocan los adefesios que les adosan y los acosan con descaro.
Es de esperar que en el Instituto Valenciano del Paisaje que se pretende fundar, los arquitectos, sociólogos, juristas y licenciados en Bellas Artes que lo integrarán atinen en fijarse tanto en los paisajes abiertos y lejano como en los más próximos y domésticos. Por ejemplo, en la creciente suciedad urbana, que en buena medida se debe no sólo a las deficiencias municipales –de cualquier municipio, y cuanto más grande, más– en mantener el orden, la ‘urbanidad’, y en hacerla cumplir, sino, sobre todo, en la incuria de muchos ciudadanos, a quienes resulta evidente que eso de ver limpias y aseadas las calles y las paredes les importa un rábano y las hojas del siguiente, que, además, las tiran por el suelo, claro.
Uno de los detalles que más demuestran la impudicia reinante es la de esos colchones que atiborran a todas horas, todos los días, las aceras de cualquier calle, y ahí permanecen días, a veces semanas. ¿Qué profundos razonamientos deben exhibir quienes son capaces de dejar junto al portal las huellas de sus sueños y batallas íntimas? ¿Alguien les ve cuando lo hacen? Se ve que ocurre con nocturnidad y, desde luego, con alevosía. Y junto a los colchones, muebles de todo tipo, inodoros, bañeras... Los escombros inundan solares, rincones y campos de la periferia, y no parece que haya esperanza, porque la cosa aumenta sin parar. ¿Cómo podrá ser creíble esa idea de proteger el paisaje, todo el paisaje, si no vemos antes junto a nosotros el mínimo detalle de cambio para cuidar e imponer de verdad el cuidado de lo más cercano?
¿En las escuelas y universidades se predican estas cosas, se trata de concienciar a las nuevas generaciones, o lo que mola es hablar sólo del efecto invernadero y del estrés de las ballenas? ¿Cuántas denuncias se imponen a quienes dejan los colchones en las aceras?, ¿o se prefiere no gastar energías en reconvenir a desaprensivos, no sea que se sientan molestos como votantes, y se desvía la atención hacia los grandes proyectos de arrollador marketing cautivador?