Domingo, 22 de octubre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Qué diuen de la taronja?
Es la gran cuestión del momento. En el bar, en mitad de un camino de la huerta o por teléfono, el agricultor que tiene la cosecha en campo, madura, sin vender y sin que nadie le diga nada, reclama, a quien cree que puede informarle de algo, ese consabido qué diuen de la taronja?, que es como una pregunta retórica que tuvo su gran sentido durante décadas, cuando se acudía a saber sobre la marcha del mercado, y que ahora tiene un tono de melancólica y resignada derrota, porque ya se adivina la respuesta: De la taronja ja no se diu res . Al menos no en el sentido que tantos miles de citricultores y propietarios/as de campos y fincas de naranjos todavía suponen. Simplemente añoran un pasado esplendor, mientras denotan una incapacidad de reacción.

Ya no cabe esperar que en este o aquel café del pueblo se tenga noticia rápida de que un comercio u otro compra tal variedad a determinado precio. Antes, hasta ayer casi, se iba al encuentro de los corredores , los representantes de los comercios, que compraban o no compraban en ese momento, o simplemente tomaban nota del nivel de calidad y la cantidad de una partida para cuando su jefe les diera orden de comprar. Se hablaba de precios o de aspiraciones de precios, se conocía que aquella otra firma ya se lanzaba o que la de al lado empezaba a recolectar una determinada variedad, que la cooperativa había parado esa semana o que iba a tope y no tenía bastantes cajones...

Había mercado, en suma. Pero eso se ha acabado. Los corredores de antes han quedado relegados a la labor de apuntadores y organizadores de las cuadrillas de inmigrantes que se ocupan de la recolección y que perciben más por su trabajo que lo que les llega al final de todo a los que producen la materia prima.

Las cosas han cambiado radicalmente, y muchos no se han enterado todavía. Es más, cuando se lo explicas casi se espantan de conocer lo que es real. ‘‘¡Ah¡, ¿y ya está bien así?’’, espetan algunos, como si el mensajero tuviera la culpa de dar la mala noticia, que para muchos es novísima, aunque para algunos ya es bien madura. ¿Qué esperan que harán los demás por ellos? Toda una estirpe se extingue, una cultura, una fuente de riqueza, entre lamentos, ignorancias y silencios cómplices.

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