Uno de los procesos iniciado por Gorvachov en la Unión Soviética que contribuyó a disolver el Bloque del Este fue la
glasnost
, traducida del ruso por ‘transparencia’. El férreo control de la información que necesitaban los líderes soviéticos para mantenerse en el poder, como ocurre en todas las dictaduras, empezó a requebrajarse y arrastró con él todo lo que encontró a su paso.
La transparencia y el debate interno demostraron ser un camino que conduce hacia un mayor autogobierno pero, en una sociedad tan compleja como la soviética en esa etapa, resultó ser una bomba de relojería.
La franqueza con los ciudadanos, en una democracia, es la única garantía de la credibilidad sólida del político pues el engaño masivo y permanente no tiene posibilidades de éxito a largo plazo o, al menos, eso dicen los expertos con la famosa máxima “se puede engañar a todos un tiempo; a uno todo el tiempo pero no a todos todo el tiempo”.
Por eso no deja de resultar chocante que algunos políticos intenten vender su transparencia, antes de las elecciones, como el mejor tesoro y la razón por la que se les debe votar, cuando en realidad no deja de ser una obviedad cuya reivindicación preocupa.
En realidad quienes hacen eso están cayendo en una trampa peligrosa para la democracia pues la sinceridad con el ciudadano, aun siendo una utopía, se entiende que es un mínimo exigible a quien le representa y vive de él.
En ese sentido, tiene un efecto perverso hacer gestos como el de Pla, declarando su patrimonio o el de Artur Mas, firmando ante notario sus promesas.
Con esos gestos están poniendo de manifiesto que la palabra de un político no vale nada, es decir, la antítesis de los tiempos de Alatriste donde se distinguía al hidalgo por su palabra de honor.
No era necesario más notario que ese; pero, en nuestro caso, el caballero de la triste figura hace tiempo que dio paso a pícaros y rufianes, signo de decadencia.