Una de las cosas que ha demostrado el famoso vídeo del robo del escaño de ZP es la necesidad de sorprender a un espectador ya acostumbrado a las estrategias de impacto de los anunciantes. No es casualidad que la forma escogida por la empresa responsable fuera la publicación en internet de un vídeo que aparentaba no ser profesional. Es la transferencia a la publicidad de la implantación del vídeo doméstico como documento gráfico en la información periodística.
La introducción de vídeos caseros en los informativos se produjo ante la imposibilidad de obtener esas mismas imágenes por parte de los cámaras profesionales al servicio de la cadena de televisión. Así, si un aficionado conseguía una imagen de la riada de Biescas o del tsunami en Banda Aceh que los periodistas no podían tener por la imprevisibilidad del hecho, ese documento gráfico era el testimonio de lo ocurrido y, lógicamente, adquiría un gran valor.
Ahora bien, lo que comenzó siendo una anécdota se ha convertido en una normalidad o una fuente más de imágenes para los profesionales, del mismo modo que es posible conocer noticias no solo por las fuentes convencionales sino también por el testimonio de un particular. Es la capacidad de integrar al ciudadano en el proceso de elaboración del relato cotidiano.
La cuestión se plantea cuando esa imagen es percibida como un documento más veraz que la obtenida por los profesionales en un entorno excesivamente reglamentado por la rutina de las fuentes oficiales. En ese caso puede dar la impresión de que lo más espontáneo es más natural, menos preparado y, por tanto, más fiable.
Con eso juega la empresa de publicidad que ha hecho el vídeo del escaño de ZP. Una de las razones de esa impresión es la constante fabricación de la foto del día, sobre todo en la política, que busca vender. Como ante un anuncio, el ciudadano sospecha y no lo hace, en cambio, ante lo que parece espontáneo aunque resulte más perverso que lo primero.