Hace unos días, en un cine céntrico de Valencia se proyectaba la película que recuerda los atentados del 11-S. De pronto alguien gritó “¡un moro se ha dejado una mochila!” y el cine se vació rápidamente de gente.
No parece que fuera un experimento de investigadores sociales y sin embargo podría serlo pues pone en evidencia lo fácil que es crear pánico en un grupo humano: se trata de apelar a sus miedos colectivos. La sociedad occidental –y la española, de forma notable– teme al terrorismo y, desgraciadamente, tiene motivos reiterados para hacerlo.
Lo llamativo del caso no es el miedo a la mochila y al ataque desprevenido mientras se realiza una actividad cotidiana: desde el 11-M hay quien mira de reojo a quien sube con una mochila en el metro y es lógico. Lo que preocupa del caso es la apelación al
moro
, algo que necesariamente requiere una reflexión pues una cosa es temer al terrorismo y otra, a quien se le
supone
terrorista.
Uno de los problemas con los que tiene que lidiar el inmigrante musulmán es con el miedo al extranjero que no es más que un miedo a lo desconocido. Por eso, los islamistas radicales no sólo atacan –como ellos piensan– a un Occidente descreído que se burla del Islam sino que están atacando a los propios musulmanes pues flaco favor les hacen cuando insisten en presentar su actividad criminal como consecuencia necesaria de su fe, todavía poco conocida en nuestro entorno.
Tanto la expresión
moro
como la de
rasgos árabes
que algunos usaron para describir al dueño de la mochila abandonada son prejuiciosas y alimentan un rechazo inaceptable en el siglo XXI por la asociación
musulmán
,
terrorista
y de
apariencia árabe
.
Es cierto que debe evitarse la censura de la ópera
Idomeneo
y de los Moros y Cristianos pero la sociedad también debería reaccionar contra este tipo de comportamiento. Hoy parece una anécdota curiosa pero los prejuicios que llevan a la xenofobia se alimentan de ellas.