Tengo dudas. En principio, celebraría el 9 de Octubre porque es la fiesta grande de la Comunitat y me gusta tener un motivo de jolgorio colectivo alejado del mundanal balompié para poder hacerme a la idea de que hay vida más allá de la Champions.
Sin embargo, cuanto más lo pienso, más lo dudo porque, a poco que revisemos la cuestión, la cosa tiene una impronta de cristiandad recalcitrante que asusta. Que si un homenaje a Jaume I, el rey que derrotó a Zayyan; que si un Te Deum, o sea, una acción de gracias al Dios cristiano por recuperar estas tierras para él y no para el infiel y, para colmo, una desfilà de Moros y Cristianos... Con la que está cayendo, hay que reconocer que tenemos unas fiestas de lo más incorrectas según el manual del progre multicultural a tiempo parcial que tanto abunda.
Para ese espécimen incoherente el programa de fiestas debe de ser un escándalo mayúsculo pues en su manual se defiende lo religioso siempre que no sea judeocristiano; lo intelectual, siempre que no sea de derechas, y lo cultural siempre que sea una transgresión no relacionada con sus fuentes de financiación.
Por eso, para él, seguramente habría que sustituir los cristianísimos actos programados por un ejercicio de recuperación de la memoria histórica en el que los valencianos nos dedicáramos a homenajear a Zayyan, represaliado por Jaume I; entonar un mea culpa colectivo por haber convertido la Mezquita en Catedral y sustituir los Moros y Cristianos por una desfilà de valencianos vestidos a la usanza medieval con fondo musical de reminiscencias árabes.
Mientras se prepara eso, el Gremio de Campaneros nos recordará, a la usanza cristiana, que la ciudad está de fiesta y yo intentaré no perder mis puntos del carné de progre multicultural dando buena cuenta de la mocaorà que constituye una muestra del proceso natural de integración intercultural que ha sabido desarrollar Valencia sin estruendos: el mazapán moro en honor del Sant Dionís cristiano.