La afirmación del libro del Génesis sobre la creación del ser humano es confirmada por Jesús en un contexto claramente polémico en torno a la conducta sobre el matrimonio. Los contemporáneos de Jesús apelaban a la Ley de Moisés para justificar el divorcio. Jesús sin embargo deja clara su posición en torno a este problema. La tolerancia de Moisés tiene su motivo en la terquedad de los judíos, pero no era ese el espíritu del Creador cuando creó al ser humano en su doble condición: varón y hembra.
La complementariedad de esta condición del ser humano impide según el designio creador anteponer una condición sobre otra. Dicho claramente no es el hombre (‘is = varón) algo más que la mujer (‘isah = hembra), ni la mujer algo más que el hombre según el designio divino. Son el complemento que garantiza la pervivencia del ser humano en la historia. Otras afirmaciones son desviaciones claras de lo que Dios dispuso en el acto creador.
La advertencia de Jesús ratifica la existencia de estas desviaciones a causa de la terquedad de los beneficiarios del orden creado. No importa que estas desviaciones hayan sido canonizadas por el supremo legislador en el pueblo de Israel, ya que eso se aparta del veradero diseño del Creador. Jesús devuelve el veradero sentido de la relación hombre y mujer e insta a que no se altere lo que Dios ha dispuesto sabiamente.
Todas las dificultades que surgen en el cumplimiento del designio creador no pueden justificar las desviaciones de la voluntad divina. Insistir en la bondad del diseño divino sobre el ser humano nos ayudará a comprender mejor esa realidad compleja que brota no sólo de la libertad que Dios concedió al ser humano, sino también de la terquedad y obcecación que no nos permite ver más allá de nuestros propios deseos.
Nuestra voluntad manifiesta el grado máximo de libertad cuando no sufrimos presión ni engaño para amar, desear y estimar el bien. Sin embargo nuestra condición de hijos del viejo Adán se manifiesta en la infidelidad al designio salvífico, que Jesús nos propone invitándonos a recuperar la libertad de los hijos de Dios. La voluntad de Dios nunca es contraria a la libertad del hombre; una de las más sorprendentes manifestaciones de ese querer sublime de Dios es perdonar sin límites.
No es precisamente la conducta más digna, ni por supuesto la más libre, la que abusa de la bondad de Dios, sino la de quien agradece su bondad y aprovecha del perdón como ocasión propicia para recuperar el grado máximo de libertad para decidir sin ser víctima de seducciones o engaños. Y es que lo que Dios ha establecido en su designio creador supera con creces a toda disposición que los legisladores de turno dictan movidos por las múltiples terquedades que anidan en el corazón del ser humano. La paciencia divina espera que el corazón humano se convierta y viva.