Si, en Cibeles, se ha escogido a las modelos en función de su masa corporal, en la política, los líderes pretenden ser elegidos por su índice de masa electoral. La masa electoral no es la entidad política de un dirigente como la masa corporal no es la totalidad de la persona, sino sólo una parte. Así, alguien puede ser una bellísima persona tanto si su masa corporal es menor a la establecida por el canon como si es mayor. Es el conjunto lo que proporciona el atractivo.
Del mismo modo, es el conjunto de la actuación de un dirigente lo que da la medida de su altura política. Puede tener un índice de masa electoral elevadísimo y, sin embargo, carecer de sentido de Estado. Eso es lo que ocurre con los líderes que son meros productos de marketing, es decir, responden a los parámetros señalados para triunfar en unas elecciones pero no para estar a la altura de la gestión pública y el bien común.
Para lograr esto el líder tiene que estar dispuesto a asumir el coste personal de mantener políticas no siempre aceptadas por los ciudadanos pero necesarias para toda la sociedad. Es algo similar a los índices de audiencia en televisión: las cifras de audiencia no pueden ser el único criterio que indique lo que debe permanecer o suprimirse. Si así fuera puede que se eliminara toda la información política que, sin embargo, es esencial para el buen desarrollo de la democracia.
En estos días la política valenciana es una pasarela Cibeles con figurines adaptados a la acogida del público que no acaba de entender cómo sus señorías son pagados por todos los valencianos para hacer un paripé en Les Corts o para llegar tarde a una convocatoria que, aunque inútil, es significativa.
Si estos asalariados de todos nosotros ficharan, seguramente estarían despedidos a los quince días como les ocurre a todos los mortales que llegan tarde al trabajo o dedican su tiempo en la empresa a asuntos particulares.