A las razones del PP valenciano para protestar y patalear en Madrid por la falta de inversión del Gobierno central hay que añadir otra más: la necesidad de subvencionar la actividad procreadora derivada de las condiciones saludables de la Comunitat Valenciana.
En estos días se ha sabido que el 80% de las familias de los participantes en la America’s Cup i Casal esperan un hijo o lo han tenido aquí en Valencia. Es cierto que hay factores que hubieran facilitado la decisión más allá de la sede de esta edición, por ejemplo, la edad de los participantes y su situación personal que se corresponde con el inicio de un proyecto de vida en común. Pero si el entorno hubiera resultado hostil para traer un hijo al mundo, quizás no hubiera sido tan alto el porcentaje.
Hubo un tiempo en que se hablaba de ese hábitat tan proclive al incremento demográfico con la lírica de “Valencia es la tierra de las flores, de la luz y del amor”. Ahora se dice lo mismo pero con un lenguaje más técnico: “Valencia es un espacio protegido para la nidificación de tortugas bobas y otras especies marinas”. A la vista está: nacen tortugas, ballenas beluga y futuros marineritos.
Por eso el sobresalto fue mayúsculo cuando pudimos ver a Rajoy, Camps, Barberá y otros dirigentes del PP sobre la cubierta de un barquito haciéndose a la mar en el inicio de la precampaña.
Ante semejante estampa bucólica y alejada del clásico mitin, la tradicional comida o la convencional inauguración de puente, central eléctrica o planta de reciclaje, sólo cabía la sorpresa por lo novedoso y por el remember de
Vacaciones en el mar
, como decía Pedro Ortiz.
Pero, después, al añadirle el dato de fertilidad del mar valenciano, llegó el momento del horror. Si el Mare Nostrum es tan relajante, estimulante, excitante y casi casi afrodisiaco como parece, aquella imagen era, quizás, el preludio de un cierto desenfreno cuyas consecuencias, a medio plazo, pueden ser incalculables.