El performance de Joan Ignasi Pla en Burjassot ha dejado cierta desazón. La escena se produjo en el mitin celebrado frente a Canal 9 para denunciar que la televisión valenciana es el “Guantánamo de Burjassot” (sic) por el encarcelamiento de la verdad y la represalia contra el que protesta.
El control gubernamental de la televisión pública no es exclusiva de la derecha ni de la izquierda. Como otras formas de manipulación de la información, la diferencia radica en que la izquierda siempre se erige en portavoz de los ciudadanos y de los represaliados de la tiranía, excepto de la ejercida por ella. En esos casos, como en Cuba, justifica su comportamiento inmoral como respuesta al poder del Imperio. Si aquella es desmesurada, la culpa es de quien la incitó, no de quien la ejerció. Pura falacia.
Para algunos demagogos, la izquierda en el poder nunca tiene ansia por controlar la información ni represaliar a los que discrepan. Lo que realmente sucede es que hay expertos en
mobbing
ideológico que consiguen evitar las consignas y la censura. Sencillamente, quien no comulga con la versión oficial, se siente mal, no por estar en un lugar equivocado sino por tener unas ideas equivocadas. Ese es el éxito de los demagogos de la izquierda. Esta, tradicionalmente, ha despreciado la cultura de la “otra España” de modo que la única cultura y el único pensamiento de calidad en este país procede de gente de izquierdas. El intelectual o es de izquierdas –entendido como lo entienden esos demagogos– o no es.
Además, la comparación de Canal 9 con “Guantánamo” ofende a los valencianos tanto si es verdad como si no. La ofensa proviene de la desproporción. La preocupación por los riesgos que corre la dignidad del ser humano en Guantánamo no es comparable a la que se puede tener por los efectos de una estrategia política. Confundirlas para demonizar a responsables políticos es un acto de indignidad hacia esos presos y una ofensa a los receptores del eslogan.