La idea de recuperar los serenos por la noche no es mala. Simplemente pertenece a otra época, no sólo por la imagen en blanco y negro que tenemos de ellos sino también porque su existencia significa una presencia no coercitiva.
Si medidas como esta, propuesta en otras ocasiones, resultaran eficaces para resolver los problemas ciudadanos, sería muy reconfortante. Sin embargo, resulta difícil imaginar su papel y la coordinación con otros profesionales que son necesarios en la ciudad como los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad. Sobre todo resulta complicado imaginar qué puede hacer un sereno si unos vándalos queman contenedores, más allá de llamar a la policía. Lo mismo ocurre con los
mediadores del ocio
que se encargan de recordar, a quienes salen de fiesta por la noche, que la ciudad no es sólo el parque temático de la juerga. Si quienes hacen botellón molestando a todo el barrio se ríen de los educados mediadores, poco pueden hacer estos sin recurrir a la autoridad que tiene la capacidad de detener o de multar.
Ciertamente, ni mediadores ni serenos deberían existir siquiera si las pautas de comportamiento en sociedad hicieran su función. Como estas apenas existen –se las llame urbanidad, educación o empatía–, o su cumplimiento parece una reliquia del pasado, las medidas coercitivas acaban haciendo su papel y las buenas formas para convencer al incívico parecen mero
buenismo
que cree, ingenuamente, que es innecesario recurrir a la fuerza para encontrar la solución a los problemas de convivencia.
La realidad demuestra, por desgracia, que no sólo no es suficiente con la buena voluntad y el diálogo sino que además en los últimos años la fuerza es necesaria hasta en situaciones en las que a priori no debería serlo. Ejemplo de ello es la presencia de guardias de seguridad en centros educativos norteamericanos, ante el nivel de violencia que, en ocasiones, se produce entre los chavales. Esa violencia escolar no es tanto un problema de seguridad como una demostración del fracaso del sistema educativo.