Miércoles, 27 de septiembre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Ramadán, Yamim Noraim y Navidad
El clima adecuado para la guerra de civilizaciones es la ignorancia que, convenientemente agitada, genera sospechas, rechazos y violencia contra un colectivo diferente al propio. Desde ese planteamiento, la convivencia intercultural –que no requiere ninguna “alianza de civilizaciones” sino la voluntad de vivir en paz y enriquecimiento mutuo, y no la mera tolerancia– pasa por el conocimiento de las realidades que comparten historia con uno mismo aunque tengan un origen, evolución y fundamentos diferentes.

En España asistimos cada año a un ejercicio de olvido colectivo que revela lo endeble de las convicciones progresistas de muchos. El progresismo mal entendido considera que el rechazo a la Iglesia católica es una muestra de madurez intelectual. Al mismo tiempo, el “talante” es la capacidad para ser integrador con el diferente siempre que se trate del inmigrante musulmán afincado en nuestro país.

Con esa línea de reflexión tan limitada, el resultado es que todo el mundo sabe qué es el Ramadán y en cambio ignora los Yamim Noraim, diez días entre el comienzo de año y el Yon Kippur que también ahora celebra la comunidad judía.

El problema es que progresismo y rechazo antirreligioso no son sinónimos, es más, difícilmente se puede vivir la integración, el respeto a la diferencia y la convivencia pluricultural, si se desprecia el hecho religioso. La llamada “alianza de civilizaciones” exige, como mínimo, admitir que las “civilizaciones” tienen una profunda raíz religiosa, de lo contrario se corre el riesgo de mirar hacia el Islam desde la superioridad occidental que se cree inmunizada contra el infantilismo del creyente. De hecho, eso es lo que, a menudo, rechazan los musulmanes de Occidente: su desprecio hacia el hombre religioso.

Una parte de los presuntos progresistas relacionan “católico” y “fascista” así como “judío” e “imperialista”. Para ellos, la musulmana es una cultura susceptible, a medio plazo, de ser desarraigada de la fe como en Occidente. En eso confía, aunque lo calle, la “alianza” de civilizaciones.



 
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