La caza del cliente no solo centra la actividad comercial sino que, en los últimos años, ha llegado a la banca y, ahora, a la política.
Hubo un tiempo en el que los bancos cobraban comisiones por todo: por tener dinero y que ellos lo custodiaran; por no tenerlo y hacerles gasto sin compensación, por dejarles usar nuestro dinero para su beneficio; por no dejarles y buscar la propia riqueza… en definitiva, el único que se libraba de pagar comisiones era el que metía el dinero bajo el colchón.
De pronto descubrieron que había que ofrecer algo más que los otros bancos para robarles clientes y empezaron las guerras de los tipos de interés, el trato exquisito y la supresión de las comisiones. Es decir, después de décadas sufriéndolas y sin posibilidad de evitarlas, las comisiones se empezaron a volatilizar.
Ese proceso empieza a vislumbrarse en la política. En este campo, siempre ha habido interés por prometer más que el partido contrario con tal de ganar un voto pero posiblemente, ahora, vamos a asistir al desfile de vendedores de feria que cuentan las magníficas prestaciones del crecepelo o el jarabe para rejuvenecer.
En esta ocasión la campaña girará en torno a la rebaja de impuestos, clásica oferta de la derecha que a todos les gustaría asumir porque es difícil confesar a los ciudadanos que solo los impuestos proporcionan mejores carreteras, trenes de alta velocidad o ayudas a ancianos abandonados a su suerte por la familia.
Los próximos meses pueden convertirse en una campaña de rebajas veraniegas que para sí quisieran los grandes almacenes. También los políticos tienen su “cuesta de enero”, en especial, quienes desarrollan su gestión en el ámbito local. Aquí es difícil convencer al ciudadano cuando su calle tiene un socavón a punto de ser monumento histórico; su autobús tarda tanto que quienes le esperan se sienten como de la familia o en el ambulatorio hacen fiesta cuando un médico, con la “L”, acierta sin mirar el Vademecum.