Aunque morirse siempre resulta inoportuno, la tradición épica a la que estamos acostumbrados nos hace esperar determinadas muertes excelsas para los héroes y especialmente cruentas para los verdugos.
Por eso, algunos se sorprenden cuando ven morir a un gran hombre en su cama, de edad y de pura enfermedad, como Juan Pablo II, en lugar de hacerlo bajo las balas de Ali Agca. Al final, la vida ha demostrado que, si bien la muerte repentina y temprana encumbra a quien la sufre a la categoría de mito, como ocurriera con Marilyn Monroe o James Dean, no es el único modo de llegar a ser venerado. También se consigue terminando los días de forma convencional aunque cuesta más porque obliga a llegar arriba por los propios medios, no por la acción de una desaparición sorprendente.
Con los más odiados, se espera un final trágico que permita la venganza y con ella la catarsis, como ocurriera con Mussolini y Clara Petacci.
En ese sentido, resulta un tanto decepcionante la noticia que llega de Pakistán según la cual el tifus ha acabado con Osama bin Laden. Alguien que ha concitado los odios y repugnancia del mundo entero, tras presentarse como autor de centenares de muertes terribles, parece ahora vencido por una mísera pulga o una vulgar garrapata. Después de haber tenido a un ejército de marines rastreando la zona y a una potencia mundial entrando en guerra para encontrarlo, no es el justiciero de Connecticut quien le ha dado muerte antes de exhibirlo en la televisión, como hiciera con Sadam Huseín (“¡lo tenemos!”). Ha sido, al parecer, un bicho minúsculo quien ha hecho el trabajo sucio. Nunca mejor dicho. De ser cierta, la muerte de Bin Laden pudiera haber resultado desproporcionada en relación con el crimen presuntamente cometido. Quizás es la paradoja del destino la que ha permitido a una simple pulga, el mejor mercenario al servicio de Bush, convertir al gran Satán en un ser mortalmente vulnerable. Ahora, le espera una medalla.