Las elecciones son, para los políticos, como la primavera para los adolescentes. Produce un subidón hormonal que les pone tontainas, les hace decir pamplinas y sólo piensan en una cosa: gustar, gustar y gustar.
Es cierto que algunos políticos, como algunos adolescentes, hacen el bobo todo el año, pero la revolución estacional acentúa ese comportamiento irracional y, si se mira con distancia, verdaderamente estúpido. Sin ir más lejos estos días tenemos ejemplos para todos los gustos: Campos llamando “trilero” a Pla; González Pons hablando de las tortugas bobas como ciudadanas valencianas cual Marieta, la veïna del quint, y Pla y Alborch enterrando promesas en la isla del tesoro.
Todo es pura farsa, una representación ante el gran público. Lo curioso del caso es que ya no se busca convencer al auditorio. Se representa para convencer, a los que tienen que contarlo, de que el auditorio se lo cree. ¿Con qué fin? Con el fin de que, al repetirlo, ese auditorio empiece a pensar que es así. ¿Rocambolesco? Sin duda. ¿E ineficaz? Seguramente.
Es difícil creer que los ciudadanos votan a un señor por sacar la lengua o ponerse un chupete en la boca durante una rueda de prensa, como González Pons, o por enterrar el cofre del tesoro con la promesa de construir un centro escolar al llegar al poder, como Pla.
La isla y el mapa del tesoro quedan en el olvido y, lo que es peor, pasado el tiempo, pocos se interesan por rescatarlo porque saben que, terminada la función, se excava y se recupera, no vaya a ser que alguien se empeñe en buscarlo.
Como son escenas diseñadas para impactar al cuentacuentos, cada vez aumenta más la originalidad y produce esas caricaturas de chupetes, cofres y tortugas bobas empadronadas en el Saler. Son, en definitiva, como los spots publicitarios, a veces tan creativos que es imposible reconocer qué están vendiendo. Son divertidos pero ineficaces porque, al final, no cuentan los beneficios de lo que venden.