Desde que vimos a Julián Muñoz del brazo de la Pantoja ahuyentando a los periodistas con el móvil en la oreja intuimos que el teléfono era, al político marbellí, lo que el cocodrilo a los jerséis: una seña de identidad. Ahora, tras conocer las conversaciones que, al parecer, mantenían Roca, las “Chaneles” y los demás acusados de corrupción en Marbella sabemos ya, a ciencia cierta, que es la peor arma de zafiedad masiva.
Con el acceso al contenido de algunas conversaciones recogidas en el sumario del caso Malaya, el retrato de los políticos resulta poco alentador y demasiado patético. En ellas, los protagonistas describen un perfil del ser humano tan acentuado que si Shakespeare escribiera comedias en estos tiempos, seguramente las situaría en Marbella: la ambición, al poder, la desvergüenza, la altanería… el elenco de vicios humanos pertenece al catálogo de los personajes clásicos. Nada nuevo bajo el sol.
La diferencia con otros tiempos, seguramente, es la capacidad de la Justicia para devolver la confianza a los ciudadanos que es el peor daño que casos así pueden hacer. Lo mismo ocurre en Hungría, donde la violencia suscitada por las declaraciones de su primer ministro –al margen de que estén incitadas por grupos extremistas y acogidas por descontentos del mundo en general– es una manifestación del rechazo que produce en el ciudadano la inmoralidad del político. En Europa no se trata de una censura de la inmoralidad por puritanismo como hicieron en Estados Unidos con el
impeachment
contra Clinton y su calentón mal llevado, sino por una carencia absoluta de la vocación política.
Esta vocación no es, como dijo el clásico, querer estar en la política para enriquecerse sino para servir, sacrificando el desarrollo profesional y la vida personal por el bien común. Con las conversaciones de Marbella o las revelaciones en Hungría aparece el político que se sirve de la política y, lo que es peor, de la buena fe de los ciudadanos. Ese robo es mayor que el del dinero.