Los políticos son como los sospechosos de una novela de misterio. No hacen casi nada de forma gratuita. Con ellos ocurre también que la resolución del misterio llega al final, el momento en el que adquieren sentido todos los movimientos de piezas, hasta el del pequeño peón.
Durante los últimos años hemos asistido al empeño de cierta izquierda por desenterrar fantasmas, acusaciones y todo tipo de fosas comunes más allá de las –desgraciadamente– históricas y reales. Esas debían aclararse y ser asumidas, no solamente tapadas, pero el riesgo real está en el empeño por descoser las cicatrices colectivas y empezar a hurgar en las heridas hasta que vuelven a doler.
Ante esa actitud extraña por lo insistente y lo agresiva, la pregunta inevitable era ¿por qué ahora?, ¿por qué así? Sin embargo, la pregunta esencial tratándose de un político no era
por qué
sino
para qué
.
Con las declaraciones de ZP en la Conferencia Política del PSOE ha quedado confirmada la sospecha que algunos teníamos acerca del
para qué
: para radicalizar a la derecha. Es una estrategia que el PSOE puso en marcha hace tiempo y que, ahora, cerca de las elecciones autonómicas y locales empieza a proclamar como si fuera cierto: la consigna en estos momentos es asociar la derecha con la extrema derecha. Sólo así puede quedar fuera del arco parlamentario y el PSOE puede absorber el voto centrista del PP. Es el mismo objetivo que persigue la insistencia en eso de “todos menos el PP...”.
El problema es que el PP no sabe quitarse el lastre que da la razón a ZP y ahuyenta al votante de centro. La estridencia de ciertos líderes es el peor enemigo del PP cuando podría encontrar un magnífico sitio en el panorama político con un PSOE más radicalizado que nunca. O hace su propia depuración o verá cómo los ciudadanos, hartos, empiezan a pensar en opciones del estilo Ciutadans-Partit de la Ciutadania que se acaba de presentar en Barcelona.