Mucho antes de que empezaran a hablar de anorexia y otros trastornos de la alimentación, hubo un tiempo en el que la palidez, las ojeras y el porte cadavérico eran sinónimos de belleza. Eran tiempos de romanticismo y de melancolía en los que existía la convicción de que el sufrimiento incrementaba la belleza personal.
Antes de eso, dicen los gastrónomos que las formas redondeadas y adiposas eran bien vistas, no hay más que observar a las gráciles musas de Rubens. Pero la apología de la obesidad solía ir unida a la escasez. Así, cuando se pasaba hambre se veía con cierta admiración a quien no la sufría. La delgadez era sinónimo de miseria.
Después, cuando la obtención de alimentos dejó de ser la principal ocupación para la mayoría de los ciudadanos, la valoración de la cantidad dio paso a la mesura y refinamiento en la elaboración. Nació la
nouvelle cuisine
, más preocupada por los sabores exquisitos que por cantidades inabarcables.
En ese contexto, no es extraño que el ideal haya dejado de ser hace mucho tiempo la
mujer Botero
y más cuando se sabe que el exceso de peso es sinónimo de enfermedad.
El cambio que se produce ahora es similar y está llegando a las pasarelas: la semana pasada fue la de Valencia y ahora, Cibeles y Londres.
La extrema delgadez, cuando queda del lado de la enfermedad, ya no es sinónimo de cuidado sino de lo que lleva a la anorexia y la bulimia: el desequilibrio personal, emocional y psicológico.
Las pasarelas están seleccionando a sus modelos teniendo en cuenta que la impresión para quien ve el desfile no ha de ser de sacrificio extremo sino de equilibrio feliz. Sin embargo sigue siendo difícil ver a un maniquí feliz.
Algún día sería interesante que se diera un giro más al proceso y alguien se
preocupara no tanto por que la prenda siente bien a quien lo lleva sino por que quien lo lleva se sienta bien con ella.