Aunque no es la primera vez que las compañías aéreas ofrecen rebajas sustanciales en sus precios, la guerra a la que asistimos en las últimas semanas no sólo es una locura sino que está cerca de ser un insulto al cliente.
Quizás resulte extraño calificar de
insulto
una oferta que beneficia a quien compra un billete de avión por un precio más bajo que el del autobús de línea, pero lo es por lo que revela de la tomadura de pelo anterior.
El problema no es el precio bajo de ahora sino el alto o altísimo que algunas de esas compañías, como Iberia, han mantenido durante décadas. Si volar con Iberia desde Valencia a Madrid costaba hace unas semanas hasta 300 euros ¿cómo es posible que su filial barata, Clickair, la pueda ofrecer ahora por 5 euros? O al contrario, si las compañías de bajo coste llevan a los valencianos a Roma por menos de 100 euros, ¿por qué Iberia podía llegar a cobrar casi 600? Y la pregunta definitiva es ¿por qué volar en avión ha sido siempre tan caro si podía ser más barato?
En cualquier caso lo ocurrido no es exclusivo del sector aeronáutico aunque aquí la guerra de precios resulte más llamativa. Es una más de un total de realidades desmitificadas en pocos años: la de las grandes empresas estatales como Telefónica o Iberia. Con su reconversión a las duras condiciones del mercado y la entrada en su entorno de competidores fuertes, la adaptación ha sido fulminante pero frustrante para el ciudadano que ve cómo, durante años, ha mantenido a una empresa que ahora se revela deficitaria porque no podía huir a otra. Lo peor es que ahora percibe que aquella sacralidad a la que se ha visto sometido sin poder evitarlo no lo es tanto y que el producto de lujo que se le ofrecía a tenor del precio estipulado, incluso cuando su calidad no se correspondía con su precio, pertenece ahora al reino del todo a cien.