Aiko ha nacido antes de tiempo. O tarde, quién sabe. La cuestión es que no será emperatriz de Japón porque su sitio se lo ha arrebatado, con la ley en la mano, su primo Hisahito. Aiko vive en un entorno asombrosamente desigual que, quizás, cambie dentro de poco tiempo y permita, a la hija de su primo recién nacido, ocupar el trono que a ella le ha quedado vetado.
Ella, por el contrario, ha llegado pronto o muy tarde para estos tiempos que todavía tienen familia imperial aunque el mundo pregone reiteradamente la igualdad entre personas, sexos y parejas. La igualdad entre familias no parece haber desaparecido del todo, al menos en las familias de sangre azul o de padrino ronco.
Para la mayoría de los japoneses, como para los españoles, la ley debe ser cambiada para que pueda reinar una mujer ya que los países democráticos saben que no se puede vetar a una mujer determinadas posibilidades apelando a que es mujer.
Pero sorprende ver el asombro de muchos ante la ancestral preferencia masculina al Trono del Crisantemo. Sorprende por dos razones: la primera, porque es razonable que una institución de la antigüedad de la monarquía japonesa tenga costumbres igualmente antiguas. La segunda, porque si es razonable en el entorno monárquico, no lo es en absoluto en otros que podrían actualizarse con más naturalidad que ese, como el político.
La realidad dice que en aquellos ámbitos donde la mujer puede manifestar su valía, accede, aunque aún lentamente, a los puestos de mayor responsabilidad: la judicatura, por ejemplo. Sin embargo, en aquellos donde la elección se produce por obra y gracia de un dedo selectivo, la preferencia es hacia el varón: la política, sin ir más lejos.
Por eso hay una mujer presidiendo el Tribunal Constitucional pero no un partido político. Y por eso, viendo el Informe “Mujeres y Hombres en España 2006”, que Leonor de Borbón tenga aún vetado, como Aiko, el acceso al trono es, desgraciadamente, demasiado coherente.