La renovación del parque de contenedores en Valencia ha sido problemática este verano. La razón es que los nuevos depósitos de basura urbana no llevan instrucciones y han sido colocados en lugares inhóspitos como carriles-bus.
Para algunos vecinos, como los de mi calle, bajar la basura tiene un valor añadido porque supone el momento de ejercitar nuestras habilidades para formar parte del Circo del Sol.
El contenedor referido está situado a tal distancia de la acera que poner un pie en el pedal, el otro sosteniendo el peso y el equilibrio, una mano en la bolsa de basura y la otra, en la cartera, el carro de la compra o el niño –e incluso los tres a la vez– es una tarea propia de contorsionistas y equilibristas del cable de acero. De hecho, cuando alguien consigue hacerlo sin caer, aplaude toda la vecindad.
Muchos optan por abrir el contenedor con la mano pero para eso hay que medir al menos metro setenta para que el brazo llegue hasta allá.
Por tanto, a los vecinos no les queda otro remedio que tirar la basura con o sin pedal; la primera opción es un deporte de riesgo y la segunda, solo para la familia Gasol. El problema se le presenta a la ancianita que no tiene ni el sentido del equilibrio ni la artrosis como para andar levantando más tapas que las del puchero, y gracias.
Ella llega allí. Los nietos le han dicho que ponga el pie en el pedal pero ella ya tiene bastante con ponerlo uno detrás del otro cuando va a misa, sin caerse en el intento.
De pronto ve que hay un asa pero, como la abre poco porque al intentarlo le crujen todos los huesos, no cabe la bolsa por el hueco.
Al final, mira seriamente al contenedor y farfulla una disculpa hacia la alcaldesa: “mira, Rita, bonica, perdona pero es que no tinc com deixar-la...”.
Y su bolsa se queda justo entre el contenedor y la rueda del primer coche.