Lo que le faltó a Frank Capra al rodar “¡Qué bello es vivir!” es el seguimiento. La escena de la alegría familiar al recuperar a una persona “perdida” es magnífica para sobreescribir “The End” pero el día a día de una familia es muy distinto. Las estampas de “happy end” suelen ser más bien escasas y sin continuidad, de ahí que el seguimiento sea la varita mágica que rompe cualquier candor meloso y que hubiera transformado la película de James Stewart en otra cosa.
Con el film tal como quedó, Capra parecía decir que la vida de quienes rodeaban al protagonista hubiera sido peor sin el encuentro con él; de esa forma su ángel presentaba el suicidio de George como un error puesto que su vida era un bien para los demás.
Sin embargo, no se planteaba que, para otros, el encuentro con él quizás fuera un empeoramiento. O, lo que es peor, que la vida de las personas que le rodeaban simplemente hubiera sido distinta, ni mejor ni peor, sino diferente, sin más.
Eso podría pensarse sobre el secuestro de Natasha, la niña austríaca que ha pasado 8 años retenida contra su voluntad.
Es cierto que aún es pronto para ver una reacción normalizada en los padres o en ella misma pero llama la atención que haya tanta frialdad entre ellos.
Es necesario tener en cuenta que tanto ella como los padres se hallan excluidos mutuamente de sus vidas; quizás, no totalmente pero sí, al menos, de forma importante. No se les puede culpar, sobre todo a los padres, pues tuvieron que hacer una adaptación terrible y ahora tienen que hacer otra. Una vez acostumbrados (si es que alguien se puede acostumbrar a eso) a pensar que no volverían a ver a su hija con vida, tienen que rehacer sus referencias y tomar conciencia que la han recuperado. El problema es ¿a quién han recuperado?
La lección más dura que podría habernos ofrecido Capra, de cuya muerte se cumplen ahora 15 años, es que, superado el duelo, la mayor parte de quienes nos rodean seguirán su vida y hasta serán felices cuando nosotros ya no estemos. Tal vez uno o dos notarán, en el alma, una cicatriz que no terminará de cerrar pero se acostumbrarán a vivir con eso. Y no faltará quien les diga: “se te pasará... es cuestión de tiempo”.