El pueblo catalán menos separatista

Badia del Vallès, una localidad de bloques prefabricados creada en los 70, se muestra ajena al proceso secesionista. «¡Odiamos la independencia!»

Ramón Santiago, con su amigo Miguel al fondo, delante de un mural. /Ignacio Pérez
Ramón Santiago, con su amigo Miguel al fondo, delante de un mural. / Ignacio Pérez
CARLOS BENITO

Paseando por Badia del Vallès, uno se siente en España por partida triple. Está el incontrovertible hecho administrativo: el municipio pertenece a la provincia de Barcelona, comunidad autónoma de Cataluña, España. Pero a ese punto de partida se le suman dos rasgos propios que lo distinguen de su entorno. Por un lado, resulta casi imposible encontrar a algún vecino que tenga algo que objetar a esa españolidad: en Badia se escucha hablar en castellano con acentos que suelen remitir al sur, a Andalucía y Extremadura, tan lejanas en la distancia y tan próximas en el sentimiento. Y, además, está el callejero, un juego un poco tontorrón de los urbanistas que concibieron este asentamiento de bloques prefabricados: el pueblo tiene la forma de la Península Ibérica y las calles están bautizadas en función de su lugar en el mapa. Así que, en este paseo por Badia del Vallès, el visitante va caminando por la calle Segovia, la calle Oviedo, la Avenida del Cantábrico, la calle La Mancha o la Avenida de la Vía de la Plata, donde corre el peligro de pasarse inadvertidamente de país y acabar en las calles dedicadas a Oporto y el Algarve. Badia es una «ciudad hecha a sí misma» -así lo formula el Ayuntamiento- que nació en algún despacho del franquismo.

El Instituto de la Vivienda levantó las torres, con hoscas fachadas de austeridad soviética, y el todavía príncipe Juan Carlos inauguró el pueblo en 1975. En Badia, encajonada entre autopistas a las que no tiene acceso directo y con 14.000 habitantes apiñados en menos de un kilómetro cuadrado, se pueden contar con los dedos las esteladas que cuelgan de las ventanas. También las banderas españolas: lo que arrasa aquí es el estandarte amarillo de ‘No queremos amianto’, la campaña de la asociación vecinal para que por fin se limpie el municipio de ese material peligroso, que suele asomar su fea jeta en casas y hasta en jardines.

En el hogar de mayores, quince jubilados aprovechan las pistas de petanca, uno de los pocos lujos del municipio, mientras dentro del local se encadenan las partidas de remigio y dominó para ir llenando el día. Los acentos hacen volar la mente como un catálogo de viajes. «Aquí lo que no se va a encontrar son catalanes de raíz. Como mucho, algún catalán del Barça. Somos todos de fuera y vinimos a Cataluña a trabajar, no de invitados», resume Ezequiel Arrébola, de Priego de Córdoba, ese espectador que parece indispensable para sacar adelante un juego decente de petanca. Aparece Bartolomé Marcos, de 72 años y natural de Cabra del Santo Cristo (Jaén), y los demás lo presentan con guasa como el párroco de Badia: «Aquí me vacilan todos los días, pero yo les doy mi bendición», se ríe el recién llegado, que no es cura pero luce crucifijo de profesional, va todas las tardes a rezar en el Tibidabo, colecciona peregrinaciones y se ha hecho imprimir en las tarjetas el encabezamiento ‘Cristo te ama’.

Hermanos, no primos

«Yo soy muy cristiano, y Jesús dijo que no tenía que haber muros entre nosotros. Aquí llevamos malamente lo de la independencia: esa gente con sueldos enormes no ha sabido transmitirlo bien, ni tampoco mirar al pueblo. Cuando un país se divide, vamos al garete. Jesús también dijo que teníamos que ser hermanos, no primos, y aquí estamos haciendo la primada», argumenta Bartolomé, con evidente talento para la homilía. Otros optan por mensajes menos elaborados: «Yo me siento andorrano», se chotea Juan Pérez, que lleva de paseo a su canario dentro de una jaula con la bandera española: en Badia, como en muchas comarcas del sur de España, es costumbre sacar a la calle a los pájaros para que se relajen y canten más.

Juan Pérez muestra la jaula de su canario en el centro de mayores
Juan Pérez muestra la jaula de su canario en el centro de mayores / Ignacio Pérez

Badia, un ceñido recorte de terreno sin suelo industrial, arrastra problemas crónicos de financiación y un paro galopante: ahora está en el 17,3%, pero en 2013 hubo momentos de escalofrío en los que alcanzó el 35%. Es el líder tradicional en la lista de municipios catalanes con más desempleo, en dura pugna con El Vendrell, que en las últimas tablas se le ha impuesto por muy poco. Por las calles abundan los vecinos desocupados como Miguel González, que se está tomando unas cervezas del Dia con un amigo, justo al lado del mural que hermana a Paco de Lucía, Montserrat Caballé y una bailaora. «Jo soc de Lora del Río, provincia de Sevilla, pero llevo aquí toda la vida -se presenta-. ¿La independencia? Si fueran buscando algo en concreto, a lo mejor, pero es que las empresas se están largando y Cataluña ya está perdiendo. Y a ver con quién va a jugar el Barça. Yo soy del Madrid, pero necesito a mi Barça». Mientras habla, va saludando a todo el que pasa: un miembro del grupo de rumbas Bordón 4, una mujer que viene del mercado o su colega Ramón Santiago, un gitano «de Camarón, de Los Chichos, flamenco del todo» que tampoco se siente a gusto con el ‘procés’. «Es una mierda, lo veo todo cada vez más oscuro».

- Lleva usted un bonito sombrero, por cierto.

- Te lo vendo. ¡Tres euros!

En los paneles para publicidad, la propaganda en favor del sí convive con los anuncios de cursos de catalán para adultos. A un cartel de ERC le han pegado encima un folleto del Mercat del Trasto. Junto al Ayuntamiento, cinco señoras han terminado la compra y están de tertulia en un banco. Son tres extremeñas, una malagueña y una murciana de Lorquí, que se acuerdan de la Badia recién nacida, aquel pueblo prometedor y bullicioso en el que no había viejos. Mentarles la independencia es darles un buen disgusto.

- Aquí no estamos conformes con eso.

- ¡No la queremos!

- ¡Odiamos la independencia!

Una pareja de jubilados pasa junto a unos carteles a favor del sí
Una pareja de jubilados pasa junto a unos carteles a favor del sí / Ignacio Pérez

En Badia gobierna el PSC y la alcaldesa es nacida en Madrid. Los socialistas también se impusieron en las últimas autonómicas, con Ciutadans pisándoles los talones, y la suma de Junts pel Sí y la CUP se tuvo que conformar con un 14%, su peor porcentaje en toda Cataluña. Al visitante, ese 14% le parece un excelente resultado, porque todavía no ha logrado localizar a un independentista en todas las idas y venidas por la Península Ibérica de Badia. Tampoco el bar Mediterrània se presenta muy alentador en ese empeño: «A mí no me han dado ningún argumento para tirarme a una piscina donde no sé si va a haber agua», sintetiza su postura la tasquera, Mònica Martínez Giral. Pero de pronto irrumpe en el bar un torbellino, un fenómeno de la naturaleza, un independentista vehemente y apasionado. Es verdad que se trata de un independentista importado de Barcelona capital y que solo ha venido al pueblo para visitar a su hija, pero nadie se atrevería a discutirle su validez, al menos a la cara: «Yo soy del Barrio Chino y he mamado Barcelona, la Barcelona de verdad. Voté a los socialistas, voté a Ada, he votado a la CUP y ahora voy a votar que sí. Esto no puede seguir así: al menos será nuestro país y haremos con él lo que nos dé la gana. Y mira qué mala suerte: la hija me ha salido del Real Madrid y del PP. ¡No sé qué he hecho mal en esta vida, pero lo estoy purgando!», proclama Humberto Miguel, un excamionero de 56 años que desciende de Cilleruelo de Abajo, provincia de Burgos. La dueña del bar le contempla con escepticismo de vieja conocida. La hija, Iris, todavía más. Y las dos responden casi al unísono.

- ¡Pero qué vas a ser tú de la CUP...!

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