La joven dice que no opuso resistencia a los cinco acusados de violarla porque entró «en shock»

Los cinco amigos conocidos como 'la manada' aquella noche. / e. c.
Los cinco amigos conocidos como 'la manada' aquella noche. / e. c.

En su declaración, que duró tres horas, mantuvo la misma versión que en las tres ocasiones anteriores y negó que hablara de sexo con 'la manada', como dicen

GABRIEL GONZÁLEZ PAMPLONA.

La presunta víctima de la violación grupal en los sanfermines de 2016 declaró ayer en el juicio que «no podía imaginar» lo que le esperaba cuando, de forma «muy sorpresiva», la agarraron y la introdujeron en el interior del portal. Dijo que no emplearon la violencia, pero que le taparon la boca y entró «en un estado de shock» que le llevó a «someterse» a los cinco acusados, con los ojos cerrados y en una actitud pasiva en todo momento, «deseando que todo terminara cuanto antes». Preguntada si les pidió expresamente que pararan, respondió que no, pero que su actitud no fue de consentimiento, que fue «sometida» a hacerlo.

La joven madrileña, que ahora tiene 20 años, declaró ayer durante tres horas en el Palacio de Justicia de Pamplona. Lo hizo en medio de grandes medidas de seguridad que la protegieron de los focos mediáticos y también de la vista de 'la manada'. Nadie la vio entrar ni salir. Sentada en una silla, no lloró durante su testimonio, algo que sí hizo cuando declaró durante la instrucción y hubo que parar varias veces el interrogatorio. Ayer se ratificó en sus tres declaraciones prestadas durante la investigación y mantuvo la misma versión.

Confirmó ante el tribunal que llegó a Pamplona con un amigo sobre las seis y media de la tarde del día del chupinazo. Aparcaron en la zona del Soto de Lezkairu y posteriormente se dirigieron al casco viejo. Estuvieron en la Plaza del Castillo, donde había un concierto, pero poco antes de las tres de la madrugada su acompañante ya se había ido a dormir y el grupo de amigos de la universidad con el que estaban «se había perdido». Se sentó en un banco donde había un joven que hablaba con otros que se encontraban de pie. Resultaron ser los ahora encarcelados. Dicho joven le preguntó de dónde era, qué hacía en sanfermines, cómo se llamaba... y entablaron una breve conversación sobre fútbol y la fiesta hasta que ella les dijo que se iba a dormir al coche.

LAS CLAVESDeclaró ayer al tribunal que cerró los ojos «deseando que todo terminara cuanto antes» Sufre un estrés postraumático cuyas consecuencias aún no se pueden establecer

Intentó cambiar de dirección

La presunta víctima negó ayer que durante la conversación trataran algún tema de índole sexual, contradiciendo así la versión de los acusados. Ellos sostienen que empezaron a hablar de sexo, que la charla fue subiendo de tono y decidieron, ellos y la chica, buscar un lugar apartado para mantener relaciones sexuales en grupo. La joven ya declaró durante la instrucción que en el trayecto ellos intentaron entrar en un hotel y que ella esperó fuera fumando. También que empezó a sentirse incómoda por ciertas actitudes de los jóvenes e intentó cambiar de dirección, pero que ellos insistieron en acompañarla. Al llegar a la calle Paulino Caballero, prosiguió, uno de los cinco sevillanos entró en un portal aprovechando que una vecina había abierto la puerta. Afuera, ella reconoció que se dio un beso en la boca con uno de ellos. A continuación, el que había entrado salió y mientras sujetaba la puerta dijo a los demás: «Vamos, vamos».

Fue entonces cuando dos de ellos la agarraron de un brazo y la introdujeron en el portal, donde le dijeron que se callara y que no gritara. Dejaron sus vasos de cubata en el suelo, le arrancaron la riñonera y el jersey y los tiraron al suelo. En ese momento, insistió, la rodearon y la obligaron a mantener relaciones sexuales con todos ellos. Cuando le preguntaron detalles sobre lo que ocurrió a partir de entonces, ella mantuvo que su actitud fue pasiva y que tenía los ojos cerrados -así lo reflejó la Policía Foral en su informe-, que había pasajes que no recordaba, e insistió en que fue obligada a mantener relaciones con todos, que reclamaban el turno mientras esperaban. «Quillo, me toca a mí», declaró que oía.

La denunciante no sabe cuánto duró la violación (según las cámaras pudo ser algo menos de veinte minutos), pero sí que «de repente» se marcharon y ella se quedó recogiendo sus cosas. Ahí descubrió que le faltaba el móvil, sustracción que acaba de reconocer el exguardia civil acusado. Salió y se sentó a llorar en un banco, donde la encontró una pareja. Después de estos hechos, la joven se encuentra bajo tratamiento psicológico. Según el informe pericial, sufre un estrés postraumático cuyas consecuencias aún no se pueden establecer.

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