Las Provincias

La periodista y su amor total por Valencia

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Familia Comunión. La exalcaldesa, acompañada de sus padres y hermanas, en la celebración de la comunión de una sobrina. / LP

  • La exalcaldesa, de carácter campechano y con un gran sentido del humor, convirtió el rojo en el color emblemático de su vestuario

  • Estudió en el colegio Domus y se licenció en Ciencias Políticas y Empresariales y en Periodismo

  • Apasionada del mar y de la familia, Rita Barberá era una gran aficionada a la cocina, la lectura , la ópera y el dominó

valencia. Vitalista, espontánea, alegre y tenaz. Son los cuatro adjetivos que la exalcaldesa de Valencia, Rita Barberá, empleó para definir su personalidad en una de las pocas entrevistas (en esta ocasión a la revista 'Vanity Fair') que concedió durante su trayectoria política. Una descripción que encaja con esa carácter arrollador y temperamental con el que amigos y adversarios la identificaban. De hecho, uno de sus colaboradores, al echar la vista atrás, reconoce que «su personalidad pudo conmigo», por lo que no tuvo más remedio que adaptarse a su estilo.

Una imagen definida por su cercanía y campechanía, que desplegaba especialmente cuando pisaba la calle, pero en el que también se mezclan pinceladas de un carácter firme y de ideas claras. «Nadie le tosía», reconoce otro de sus colaboradores, que recuerda cómo «decía las verdades sólo con mirarte a la cara». Porque Barberá podía pasar del enfado a la broma en menos de un minuto, ya que ella misma enmendaba y reducía la tensión con el interlocutor.

Influencia, quizás, de la formación católica que recibió en el colegio Domus, donde cursó sus estudios de niñez entre las paredes del centro que la institución tenía en la calle Cuenca (actualmente en Godella). Allí volvió hace poco más de un año para festejar el 75 aniversario de una institución en la que la senadora, y antigua alumna, puso el broche final del acto conmemorativo. Como lo hizo también cuando fue elegida alcaldesa, en 1991, para agradecer la importancia que tuvo Domus en su formación.

En la escuela obtuvo una mención de honor, pues Barberá fue una buena estudiante. Realizó dos carreras: Ciencias Políticas y Empresariales en la Universitat de València y Periodismo en la Complutense de Madrid, carrera con la que quiso seguir los pasos de su padre, José Barberá, periodista y director de periódicos como 'Jornada', además de presidente de la Asociación Valenciana de la Prensa.

Valencia y Madrid, las dos ciudades donde se formó y que han estado presentes en su vida: la primera lo fue todo para ella y la segunda, donde varios presidentes del Gobierno la tentaron para que fuera ministra. Pero ella antepuso Valencia «por encima de todo», recuerda uno de sus amigos. Dos ciudades que representan también el principio y el final de su vida.

Celosa de su intimidad

La celebración de la efeméride en el colegio Domus fue de los pocos actos de su vida privada que trascendieron pues Barberá siempre fue extremadamente celosa de su intimidad y protectora de sus allegados.

La familia (fue la primera de cuatro hermanas) y un estrecho círculo de amigos (entre los que se encuentra la familia Carpi) son los que conocen a la auténtica Rita Barberá, esa «que se apuntaba a un bombardeo» y que disfrutaba con los preparativos de la Navidad, especialmente con los de la comida del día 25, tras haber pasado la noche saludando a los agentes de la Policía Local y de los Bomberos y compartiendo la mañana en el Cotolengo del Padre Alegre.

Porque la cocina era de sus pasiones, le ayudaba a relajarse, decía. De hecho, disfrutaba compartiendo y comentando las recetas de una aplicación de cocina que descubrió cuando accedió a cambiar su móvil por uno de última generación. La pasta, los quesos o la paella -y todo el ritual de sobremesa que la acompaña- figuran entre sus platos favoritos. Al igual que las compras en el Mercado Central, donde acudía regularmente y aún recibía el cariño y saludos de los compradores.

Junto a los fogones, el mar era otra de sus pasiones. Hablar de Barberá es hablar de Xàbia o de Benicàssim, donde pasaba sus veranos y las jornadas de descanso. Era más fácil verla sentada en un chiringuito de playa, con sus sobrinos (a los que adoraba) o dando un paseo por Xàbia que recorriendo mundo. De costumbres fijas, apenas viajaba, más allá de las visitas establecidas al frente del Ayuntamiento.

Lo cierto es que la exalcaldesa ha sido una mujer de gustos austeros. Vivía de alquiler en un piso céntrico y disfrutaba de placeres sencillos como una partida de dominó, lecturas (por ejemplo, del filósofo Julián Marías), revisar películas de cine clásico, escuchar ópera (era fan de Puccini y Verdi, afición heredada de sus padres) o realizar fotografías en verano, sobre todo relacionadas con objetos de la playa. De nuevo el mar como uno de sus pilares.

Devota de la Geperudeta

María Rita Barberá Nolla nació el 16 de julio de 1948, el día de la Virgen del Carmen, la patrona de los marineros. De firmes convicciones católicas, sentía devoción por la Virgen de los Desamparados, a quien se amparó y pidió protección tras ser elegida como alcaldesa de Valencia en 1991, una costumbre que repitió en cada una de las ocasiones en que salió reelegida como primera edil.

Leal y fiel a los suyos y los rituales de siempre, como en el vestuario, donde apenas variaba su vestuario aunque era una apasionada de la moda. Sabía cuál era su estilo y hasta dónde podía innovar como personaje público. Ella era su mejor asesora pues fue de las pocas políticas que nunca tuvo consultor de imagen. Hombreras en las chaquetas, líneas rectas, blusas con escote en uve («No me hagas beata», solía decir entre risas a su diseñador de referencia) y colores fuertes y oscuros fueron sus señas de identidad.

Pero ningún otro como el rojo, que hizo suyo, o el fucsia, que empleaba para momentos alegres. El negro lo reservaba para actos protocolarios y del armario estaban desterrados los amarillos y los verdes. Sí que tenían cabida los pañuelos y las perlas, sus dos complementos preferidos.

Esas ideas claras en su vestuario se trasladaban también a su entorno de trabajo, donde podía afrontar una larga jornada de trabajo sin agotarse. Apasionada del servicio público, siempre se sintió más periodistas que política o economista. Incluso llegó a ejercer como tal en su juventud antes de sacarse por oposición una plaza de funcionaria en el Cuerpo Especial de Economistas y de dar el salto definitivo a la política en 1983.

De esa pasión por comunicar surge una oratoria envidiable con un estilo directo y didáctico. Una excelente relaciones públicas que dominaba el arte de vender, de vender Valencia al mundo. «Conquistaba a todos», afirma tajante una colaboradora. Y es que siempre tenía una frase para cada persona a la que recibía. O un detalle. Si alguien caía enfermo, sufría una operación o perdía un familiar, Rita Barberá era la primera en enviar una nota, realizar una llamada e, incluso, personarse en el lugar para interesarse por el afectado.

«Todo lo fuerte que era y transmitía, lo era también de sensible y cariñosa con los suyos», remarca la misma fuente. Apasionada, insisten sus amigos, lo que la llevaba a explicar sus proyectos en cualquier lugar y formato, como una servilleta de papel en la que plasmó su idea del puente de las Flores. Y muy exigente en el trabajo. «Si había que ser dura, lo era», afirman.

Sin olvidar su sentido del humor, que ya dejó patente desde joven cuando fue declarada Musa del Humor en un concurso literario del Ayuntamiento de Valencia, la institución que luego dirigiría durante 24 años. Y de la que, al abandonar, dijo que una de las cosas que más echaría en falta sería pisar a diario el mosaico Nolla que decora el suelo del que fue su despacho. El que salió de la fábrica de su tatarabuelo en Meliana. De nuevo, la familia como epicentro vital.