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«Merece un gran reconocimiento»

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La cola de personas para firmar en el libro de condolencias en el Ayuntamiento. :: manuel molines

  • Una larga cola de ciudadanos se concentró durante la tarde en el Salón de Cristal para despedir a la exalcaldesa

  • Más de seiscientas personas firman en el libro de condolencias en el Consistorio

En el Ayuntamiento de Valencia, las colas para firmar en el libro de condolencias cada vez son mayores hoy, jueves 24 de noviembre. La gente aguarda ordenada en una fila que da la vuelta al edificio consistorial. Hasta las 20 horas de la tarde estará abierta la sede municipal.

El miércoles, el ambiente era similar: Salón de Cristal del Ayuntamiento de Valencia. Un atril con un bolígrafo y un libro con mil hojas en blanco. Algunas ya han sido escritas. Al lado, una mesa de madera que soporta un ramo de rosas rojas y la foto enmarcada de Rita Barberá adornada con un crespón negro. Posa sonriente, portando una americana roja y un collar de perlas con pendientes a juego. Es su imagen. La instantánea que les viene a la mente a todos los que se encuentran en el Consistorio en esos momentos. Están allí, haciendo una cola que llega hasta la calle, para despedirse de ella con una dedicatoria o una simple firma. Quieren escribir unas palabras que resuman todo el cariño que sienten por la persona que ha llevado las riendas de la alcadía de Valencia durante 24 años.

A partir de las cinco y media de la tarde de ayer comenzó el goteo de visitantes en el edificio consistorial. A las ocho cerraba sus puertas y a falta de diez minutos para que llegara ese momento seguía llegando gente. Más de seiscientas personas pudieron darle su último adiós a Barberá reflejándolo en negro sobre blanco. Los curiosos preguntaban hasta cuándo podrían hacerlo y decidían acercarse durante el día de hoy. El libro de firmas permanecerá en idéntico lugar y hasta la misma hora.

«Fue una alcaldesa única. Hablé con ella hace quince días. Me dijo que estaba sufriendo mucho y que era optimista en sus asuntos judiciales», cuenta María Esteve, de 67 años. Su hija era vecina de Rita Barberá en el número 3 de la calle General Palanca. «Alcaldesa como ella, ninguna. ¡Y vivía de alquiler!», añade María García, una mujer de idéntica edad que se sumaba a la conversación. «No tenía afán por el dinero, lo hizo todo por vocación. Estamos tristes por su pérdida y por lo que tenemos ahora», comenta Mila Soriano, también de la misma quinta. Los más cercanos en la fila asienten con la cabeza. «Fue una gran patriota que dio la vida por Valencia. He llorado», agrega Eva Mengot.

Los visitantes guardan un buen recuerdo de la exalcaldesa. Algunos la idolatran. Otros reconocen que como dirigente no lo hizo todo como debería, pero en su balanza ganan las virtudes.

La media de edad de los presentes ronda los 60 años. Sin embargo, hay excepciones como Manuel Cabrera, de 28: «La conocía personalmente, mi padre tenía un vínculo estrecho con ella. Yo he tomado otra dirección política, pero lo que hizo por Valencia en 24 años es innegable». «Se merece esto. Es la mejor alcaldesa que ha tenido la ciudad. Unos no se lo perdonarán nunca y otros no la olvidaremos», coinciden en responder Joaquín Serrano y Herme Herrera. El primero tiene 36 años y el segundo 27.

Incluso algunos de los que deciden acercarse a la casa consistorial para darle el último adiós a la exsenadora no alcanzan la mayoría de edad o la superan por muy poco, como Nacho Pérez, Sara Martínez, Voro Bataller, Alicia López o Noelia Durbán. Crecieron y maduraron con Barberá en el Ayuntamiento. El cariño por no haber conocido otra alcaldesa hasta hace poco más de un año les lleva a estar esperando su turno para firmar.

Álvaro de Paz, de 43 años, reconoce que la pérdida le causó «mucho dolor» y lamenta que «el Estado de derecho no ha sabido proteger su presunción de inocencia». Antonio Pérez es andaluz, casi octogenario, lleva más de media vida en Valencia: «El auge en la ciudad comenzó con Rita. Así lo he visto. Siempre se ha preocupado por cada rincón que pisamos». «Ayer la vimos por la tele y notamos que no estaba bien. La queríamos mucho. Se merecía un reconocimiento para toda la vida», afirman Adolfo Ruipérez y su esposa María, ambos jubilados.