Las Provincias

2007 Copa América. Con la Jarra de las Cien Guineas en el puerto, uno de los momentos álgidos de Valencia. : j. j. monzó
2007 Copa América. Con la Jarra de las Cien Guineas en el puerto, uno de los momentos álgidos de Valencia. : j. j. monzó

Deja como legado una ciudad moderna

  • Los 24 años de mandato de Barberá elevaron el cap i casal al mismo nivel que las grandes urbes europeas

  • Los equipamientos en los barrios fueron el preludio de grandes proyectos que convirtieron Valencia en un imán turístico

valencia. «Nadie me puede quitar el honor de haber sido alcaldesa de Valencia durante 24 años». Con esas palabras depositó su voto Rita Barberá en mayo del pasado año, en las que fueron sus últimas elecciones como candidata del Partido Popular en la capital de la Comunitat. Un periodo de gobierno decisivo en la transformación de la ciudad, poniéndola en el mapa como aseguró el día que dejó el Ayuntamiento al no cuajar un pacto a tres bandas con Ciudadanos y el Partido Socialista.

Su huella en la historia municipal comenzó mucho antes, en concreto el 22 de mayo de 1991, cuando la suma de los votos del PP y los de Unio Valenciana desbancaron de la alcaldía a Clementina Ródenas, quien había sido la más votada en los comicios. El pacto con los regionalistas fue que el partido con más apoyos estaría a la cabeza, lo que consiguió Barberá con 95.238 papeletas frente a las 80.500 de Vicente González Lizondo. Afiliada desde 1976 a Alianza Popular, se convirtió en una de las principales colaboradoras de Manuel Fraga. En 1983 fue elegida diputada en Les Corts y en 1987, candidata a la Generalitat.

No fueron fáciles los inicios ni la convivencia de los dos partidos, sobre todo en materia lingüística por las normas del valenciano. La concejal María Dolores García Broch llegó a presentar una carta de dimisión, aunque luego se echó atrás gracias a un acuerdo que supuso la creación del Consejo de Cultura de la Ciudad, presidido por Manuel Broseta.

Pero había un problema añadido, como que la Generalitat había echado el resto en los primeros meses de 1991 en diversas obras públicas, en un claro apoyo de Joan Lerma a la candidatura socialistas. Esa inyección continua de dinero se frenó en seco tras el resultado electoral, dejando al ralentí la urbanización de las avenidas Doctor Manuel Candela, Archiduque Carlos y el paseo marítimo de la Malvarrosa.

Fueron años donde Valencia recuperó el tranvía, con una línea en sustitución del histórico trenet. Ocurrió en 1994 y Barberá compartió asiento con Lerma, en una de las últimas obras de la Administración socialista, que tuvo tiempo de inaugurar la línea 5 del metro con la espectacular 'peineta', el puente de Santiago Calatrava en la Alameda.

Pese a las dificultades, en mayo de 1995 se produjo la sorpresa: Barberá logró la primera de sus cinco mayorías absolutas y podía empezar la verdadera transformación de la ciudad que ya tenía en la cabeza. Los 17 concejales le sirvieron para empezar a trazar las grandes líneas en el mapa, mientras Eduardo Zaplana cambiaba por completo el proyecto de Lerma para la Ciudad de las Ciencias con un enfoque mucho más turístico.

Enfrente de los edificios diseñados por Calatrava empezó a alzarse un barrio considerado modelo, la avenida de Francia. Fueron los primeros años del boom inmobiliario, cuando las costuras de la ciudad empezaban a ceder y la regeneración social pasaba por el sector de la construcción. Entonces, en 1999, llegó la gran apuesta de Barberá para el distrito Marítimo, la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez a través del Cabanyal. Arrancaba uno de los debates urbanísticos más agrios en la historia de Valencia, acerca de la oportunidad o no de derribar 1.600 viviendas en el litoral.

La falta de apoyo que tuvo en su propio partido, con informes que cuestionaban el plan tanto en la Generalitat como en el Ministerio de Cultura, daba soporte a la contestación social, pese a que Barberá siempre ganó hasta los últimos comicios en ese barrio, con mucho peso en todas las mesas electorales.

La eclosión inmobiliaria perfilaba otra ciudad. El Consistorio comenzó a recibir propuestas para Orriols, Benicalap y Campanar, entre otros. La ciudad pasaba de los 800.000 habitantes y comenzaba a contar para el turismo. Se había acabado la época del cartel que invitaba a visitar Valencia en menos de una hora y el tirón de la Ciudad de las Ciencias ya tenía efecto.

En el primer y segundo mandato de la alcaldesa ocurrió también una circunstancia singular, como que su candidatura se nutrió de futuros pesos pesados en el PP, una época en la que el Cap i Casal tuvo una influencia decisiva incluso a nivel nacional. Manuel Tarancón, José Luis Olivas, Juan Cotino y Francisco Camps fueron algunos de estos integrantes.

Sin poder orgánico

Barberá no quiso poder orgánico en el PP, pese a que tenía el carnet número 3 del partido tras la refundación de Alianza Popular. Sí que estuvo en el equipo directivo y en la presidencia de la Federación Española de Municipios y Provincias. «Mi ambición es Valencia», solía decir.

La primera edil siempre tuvo claro que su poder era territorial por una parte y también cimentada en las relaciones personales. Su veteranía en el partido hacía que tuviera hilo directo con José María Aznar y Mariano Rajoy, entre otros. Todavía se recuerdan las fotografías del segundo con la alcaldesa en los jardines de la Moncloa, cuando Barberá padeció una mala relación con Alberto Fabra.

En el tercer mandato continuó con la transformación de la ciudad, logrando 20 concejales y convirtiéndose en uno de los principales valores del PP, una máquina de conseguir votos. En el pleno municipal, destaca el ajardinamiento de varios tramos del cauce junto a la Ciudad de las Ciencias, así como la apertura al público del parque de Marxalenes y la restauración del Mercado de Colón, ya en las postrimerías de ese periodo.

Eran los últimos años de las pesetas y la entrada en el euro, donde poco antes había abierto sus puertas el Palacio de Congresos, la única obra de momento en Valencia del laureado arquitecto británico Norman Foster. Valencia se preparaba para la llegada de miles de turistas y el aeropuerto de Manises empezaba a tener peso en los enlaces internacionales.

La rehabilitación del Mercado de Colón fue hasta entonces la principal inversión del Ayuntamiento en la recuperación de patrimonio arquitectónico. El recinto modernista, abandonado a su suerte durante años, se convirtió en una galería comercial y de ocio de primer orden, un reclamo turístico del Ensanche que además fue un ejemplo de ingeniería al integrar un aparcamiento subterráneo excavado como una mina.

Récord de votos

Puede considerarse el preludio del periodo de los grandes proyectos, la apuesta por inversiones públicas capaces de arrastrar a la iniciativa privada y atraer al turismo. El mandato de 2007 a 2011 coincidió con el récord de votos de 235.158 papeletas. Esa cifra y las cinco mayorías absolutas resumen una época que tardará lustros en ser superada en aceptación por la ciudadanía.

Unos años antes, Valencia recibió una de las noticias más importantes de la década. La ciudad sería en 2007 sede de las regatas de la Copa América, un evento que transformó la dársena interior en una gran Marina. El 27 de noviembre aterrizaba en el aeropuerto de Manises la Jarra de las Cien Guineas.

A partir de ese momento se inició una carrera contra el reloj para que todo estuviera a punto. El asunto se complicó por el cambio de Gobierno en Madrid. Zapatero no cedió a la petición de una financiación a fondo perdido, idéntico a lo que se hizo con la Expo de 1992 en Sevilla o las Olimpiadas en Barcelona, por lo que el Consorcio gestor de la dársena arrastra una deuda millonaria.

Pero también se pusieron otros pilares en el mandato de 2003 a 2007. El Ayuntamiento firmó por fin un convenio para hacer una realidad el Parque Central, tras décadas de alternativas y debates. El Corte Inglés abrió en la avenida de Francia una de sus mayores tiendas, mientras que el 10 de noviembre de 2006 veía la luz la maqueta del nuevo Mestalla. Pero después de la Copa América de vela quedaba la guinda de los grandes eventos: el magnate Bernie Ecclestone dijo que Valencia era el secreto mejor guardado de Europa y quiso que los coches de Fórmula 1 corrieran por las calles de la ciudad. Lo consiguió durante cinco años, hasta que la crisis ahogó la prueba.

El mandato siguiente sirvió para alumbrar el primer Gran Premio de Europa, junto al proyecto del Parque Central. El diseño de la paisajista norteamericana Kathryn Gustafson fue el elegido por el jurado, una propuesta ahora en ejecución en un 40% a la espera del soterramiento total de las vías y la construcción de la estación subterránea. Barberá también puso en marcha la revisión del Plan General para el crecimiento de la ciudad las próximas décadas, unas previsiones rotas por la crisis y el descenso demográfico. El documento no fue aprobado.

Quedaba tiempo todavía para otro gran hito, la puesta en servicio de la línea de alta velocidad ferroviaria entre Madrid y Valencia, con la estación provisional bautizada como Joaquín Sorolla. El 18 de diciembre de 2010 entró en uno de los andenes el primer tren.

Un año antes, Barberá acabó la rehabilitación de la Tabacalera como sede del nuevo Ayuntamiento. El siguiente y último mandato fue atenazado por la crisis, aunque culminaron proyectos tan interesantes como la rehabilitación de la plaza Redonda. Pero si de algo se sentía orgullosa la alcaldesa en los 24 años de mandatos fue en el desarrollo de los barrios, con un conocimiento personal de multitud de demandas vecinales. Como le gustaba decir, la ciudad de hoy «es fruto de haber creído en ella, de poner en valor su potencial. La ambición por Valencia ha sido fundamental para mí».